Apuntes sobre Amistad-Conversación -Diálogo analítico

Ivana Dzialoszycki

 

 

Cuando intenté pensar algún recorrido personal para ordenar mis lecturas a propósito de la propuesta de trabajo de este año, la idea que se me armó fue la de tratar de pensar el valor de la conversación en la amistad y creí posible ubicar allí un puente para articular esa idea al dispositivo del análisis. La primera conclusión a la que llegué después de mis primeras búsquedas en librerías y en Internet, fue que la articulación que habían elegido no era sencilla o que por lo menos (y vaya paradoja) no tenía interlocutores. Más tarde encontré algunos.

 

Tengo algunos retazos, piezas sueltas, lecturas variadas de estos últimos meses,  de las que surgieron dos o tres ideas y eso es lo que  traigo hoy, para que conversemos. Y como considero que la conversación es un gesto de amistad y que en Reuniones, tanto este espacio de los miércoles, como los otros que existen o existieron, siempre se caracterizaron por portar ese gesto inicial, es que  decidí aún no teniendo elaboradas importantes conclusiones, abrir la conversación sobre este tema a ver a donde nos conduce.

 

Guiada también por una idea surgida de los primeros encuentros, buscando el del amigo como un lugar, no solo como un semejante al que estamos estrechamente ligados, pensando la emergencia del amigo en su nivel como acontecimiento; registraba en mí una circunstancia que me deja fuertemente ligada a otro, de vital importancia, que es esa oportunidad en que alguien me recomienda un libro cuya lectura me conmueve, me asombra, me divierte, me cautiva. Y aunque no se inicie allí nada que pueda nombrarse como amistad en el sentido general del término, tiene un inmenso valor.

 Lectura y conversación son dos tiempos que se ligan uno al otro. Un texto está vivo si es causa de futuras conversaciones. Sobre esta idea de intercambio vital voy a volver. ( El libro, un otro, un amigo, un dialogo? Interior? Exterior? Y el analista?)

 

 

Tengo algunos recortes leídos en distintos libros. Una compilación de artículos de semiología y lingüística,  de una autobiografía de Pontalis y de un libro de literatura, El último encuentro de Sandor Marai.

Voy a empezar por algunos fragmentos de  la compilación que se llama “Bla Bla bla, La conversación. Entre la vida cotidiana y la escena Pública.”

 

“Aunque en diferentes espacios, el comienzo de un libro como el de una conversación suponen siempre el fin, al menos momentáneo, del silencio. Pero también la condición necesaria de dos: un libro y un lector, un hablante y un oyente. O mejor de tres, el habla de por medio...

...Poner límites a la conversación es materialmente imposible, al menos cuando no se impone un Ya basta!! La conversación vuelve siempre y no se detiene. Invade espacios, todas las coordenadas.... Por eso la conversación no tiene contornos, tampoco límites...Se extiende en el espacio urbano....

Embrollarse en la conversación, sirve para avanzar, para que esas palabras encadenadas deriven en algo (no siempre positivo), que trasciendan. Parafraseando los metálogos de Bateson es posible decir que si habláramos lógicamente todo el tiempo, no llegaríamos a ningún lado. Sólo repetiríamos los mismos clichés que todo el mundo ha repetido durante siglos, y la conversación, finalmente, estaría en el mismo lugar.”

 

 “En los desvíos de la conversación el detalle es el que da sentido a esa deriva, el detalle es finalmente lo que queda....La conversación en eso que queda, apela a una lengua de imágenes discontinuas que se van escandiendo a lo largo del texto conversacional, sin la necesidad de reunirse en un punto, y menos aún en un punto final. Esas imágenes  construyen y destruyen embrollos, malos entendidos, implícitos. Acercan las charlas a las pasiones, a impactos que marcan un antes y un después  de la conversación-que parecen modificar el curso de las cosas-, pero también despliegan un durante de encantamiento.....

 

La conversación: una suma de fragmentos......, un recorte sin contornos.....”

 

 Reconozco algo de lo que acabo de leer en la escena transferencial.

-Una conversación alternada con silencios, un embrollarse para avanzar en alguna dirección sin saber de antemano cual es, sabemos de otra lógica que se hará presente allí.

-Una vuelta a lugares reiterados en donde se hace imprescindible balizar el camino recorrido y situar algunas estaciones por las que alguna vez nos perdimos o nos desviamos.

-Y después de tantas cosas dichas, tantas sesiones, tal vez se recuerdan sólo algunos detalles, imágenes discontinuas, impactos que marcan un antes y un después. Es posible ubicar como pacientes o como analistas algunos puntos significativos del recorrido.

 

¿Será posible localizar la conversación, como tiempo-lugar donde ocurre la amistad, y en el diálogo analítico esa dimensión de  experiencia fecunda de lo que se escapa? ¿cómo precisar la diferencia? No es lo mismo conversar con un amigo que con el analista. Y aunque los temas pueden ser los mismos, la conversación analítica se inicia a propósito de un padecimiento y el analista porta un saber que servirá para el alivio. El artificio del análisis pretende operar alguna transformación.

 

Cito dos breves párrafos de otro texto “El amor a los comienzos” de J. B. Pontalis:

“Que lujo la conversación sin objeto! Que delicia hablar para no decir nada y decirlo todo, en el intercambio vivaz, malicioso y desconsiderado, en que las palabras de uno desvían permanentemente las del otro y sin embargo desenvuelven un mismo hilo invisible!”

“Me complace que Freud haya calificado al psicoanálisis de “conversación común”. Conversación común sí, pero que el ordenamiento de nuestras vidas no permite, cuando la mayoría de las relaciones están tan definidas

que no se intercambia nada que no esté prescrito por anticipado. Solo en circunstancias muy especiales decimos y escuchamos lo inesperado .El análisis, una conversación ordinaria en una situación que no lo es, pero que siempre corre el riesgo de llegar a serlo tan pronto como la posición de los interlocutores se estereotipa.”

 

Quise encontrar donde dijo Freud lo de conversación común, pero no lo encontré. Pensé en el trabajo, no siempre posible, de no establecernos en lugares estereotipados con nuestros pacientes. Es la tendencia de la repetición, la que nos fuerza a volver siempre a los mismos lugares, aún en nuestros sillones como analistas. El juego de la conversación puede a veces alejarnos de allí, aunque no siempre. Leí en un artículo de Massud Khan que la conversación es el equivalente en los adultos del juego de los niños.

Dicho así entonces bien vale que conversemos!!

 

 

¿Y de que se trata en una conversación? ¿Del intercambio? ¿Y entonces cual es la diferencia con la intervención?

Pienso el intercambio, en esa alternancia propia de la conversación entre el que habla y el que escucha, lugares intercambiables.

¿Qué hacemos cuando intervenimos?

En el mundo del arte “hacer una intervención” es agregar en un espacio público o natural alguna expresión artística que tiene valor de reflexión, y que inaugura un diálogo abierto a la participación ciudadana. En nuestra tarea como analistas intervenimos en lo íntimo que el otro ha hecho público para nosotros. Lo hacemos en circunstancias que aunque disten en parte de ser las de una conversación, portan su marca. Creo que podemos ubicar en el diálogo analítico, como en la música, la clave en la que se ejecuta. A veces fluye en clave de confesión, o de reproche, o en clave informativa, de discusión o porque no en clave de conversación. Tal vez una intervención altera el ritmo y lo que se sigue escribiendo suena diferente.

Vivimos en tiempos donde la velocidad y la eficacia se privilegia por sobre  otras cosas, el chat, los mensajes de texto, acentúan  la decadencia de la conversación como tiempo-espacio de intercambio. (artículo de La Nación, IE)

 Hacen falta una serie de distinciones: hablar no es conversar, la conversación contiene esa dimensión esencial de la escucha. Importa no sólo el qué sino el cómo. Es imprescindible dejar de hablar para escuchar al otro. Hablar puede tener un valor puramente catártico y la catarsis  no tiene vocación de diálogo.

“El arte de la conversación es el estadio más sofisticado, más civilizado, de la comunicación por medio de la palabra. Un arte hecho de inteligencia, de humor, de buenos argumentos, de anécdotas e historias apropiadas, de atención a lo que dice el vecino, de respeto crítico, de cortesía...” (Savater)

 

 En la conversación, por el hecho de dejar andar la palabra, asumimos el riesgo de que el otro intervenga sobre ella; le agregue, le quite, la modifique, en fin la use. Y no suena poco “hacer uso de la palabra”. De la propia y de la del otro, ¿pero son propias las palabras o son comunes? ¿O son de todos pero debemos apropiarlas? Recuerdo el texto de Winnicott en relación al uso del objeto. El plantea la dimensión de la destrucción necesaria para que el objeto pase de ser un objeto subjetivo a ser un objeto real. Destrucción propia del impulso vital. La condición de ese pasaje es la supervivencia del objeto a la destrucción. Las palabras, objeto de la conversación, propias y ajenas a los interlocutores, deben ser destruidas para que la conversación sea posible, tanto como hablantes que como oyentes. ¿O es al otro al que se destruye pero que con su intervención da señal de supervivencia, haciendo posible el diálogo? ¿Que significa que sobreviva? Se me ocurre que sería que deje su marca, que tanto a nivel de la vivencia como del contenido de lo que se habla, deje su impronta. Sería que podamos decir algo de lo que dijo otro, Que interesante! Que estupidez! Que significa eso? o Me parece que tal cosa. Porque también hay cosas que no entran en conversación. Y de eso también atestigua nuestra clínica.

Recuerdo también a propósito del uso, algo trabajado por mi el año pasado en relación al pasaje de la mordedura al mordisqueo, decía en aquella ocasión de la necesidad de la retención del acto necesaria para la tramitación del odio, para poner en juego algo de la relación del sujeto, del infans al otro.

En la conversación como lugar-tiempo de la amistad ponemos en juego esta tramitación de lo ajeno que habita en el yo y en el otro.

 

¿Que nos permite decir que una conversación estuvo “animada”? Sucede algo que hace posible que en las palabras se enlace esa frágil alianza entre lo sensible y lo intelegible. Hay algo de un intercambio vital. Animada significa viva. Abro aquí otra pregunta que tiene que ver con la presencia, y con la función, el lugar del cuerpo en la amistad, en la conversación y en el análisis. Pienso el cuerpo como la sede, el lugar para vivir. Es a través del cuerpo, de las sensaciones que las palabras pueden reconocerse vivas. Son palabras que se enraizan al cuerpo las que les confieren a una conversación este carácter de “animada”. Que decimos sino cuando usamos esa expresión “no me llega lo que dice” o por el contrario “me llegó muy hondo” o “me tocó en el alma”.

 

 

Retomando algo de lo que dije al principio sobre la experiencia fundamental para mí de una lectura que me conmueva y del hecho particular de que alguien me recomiende tal libro, voy a compartir algunas ocurrencias a propósito de un excelente libro que me recomendó “un librero amigo”. En realidad lo vi solo esa vez y fui en busca de algún texto que me ilumine respecto de lo que me había propuesto pensar, esto que  les estoy contando. Fui amplia en mi pedido, le conté los temas y le dije que podía ofrecerme algo desde la literatura hasta el ensayo, escrito por psicoanalistas o no. Este es el libro que me recomendó: El último encuentro de Sandor Marai. Y como me encantó no me queda otra que llamarlo “mi librero amigo” ¿quién sabe si podrá volver a serlo....?

Un relato de una fuerza y una intensidad que revela en ese mismo carácter algo que dice respecto de la amistad: “A veces pienso que la amistad es la relación más intensa de la vida...y que por eso se presenta en tan pocas ocasiones.”

Sin contarles la historia, que al fin y al cabo hasta podría ser una historia común, pero además por si a alguno le interese leerlo, hay algunas cosas que decir inspiradas por la lectura.

Dos hombres mayores, que de jóvenes habían sido amigos inseparables, se encuentran a cenar tras cuarenta años sin verse. Una conversación atravesada por el amor, el odio, las envidias, los enigmas, las confesiones. Una conversación ¿? en la que uno de los interlocutores, el General, es quien toma y lleva la palabra, aunque es Konrad el que ha vuelto.

¿Puedo llamar conversación a este relato extenso y minucioso del General? Son pocas y menudas la locuciones del amigo. Sin embargo digo que sí, que hubo conversación, porque es palpable la dimensión de la presencia, cómo no serlo después de cuarenta y un años de ausencia!! Solo allí, en ese último encuentro, puede enunciar sus verdades y sus dudas y sólo algún breve comentario, una pregunta o el silencio de su amigo son el contrapunto.( Hay alguna similitud con la escena analítica, porque están desplegadas las preguntas fundamentales de un sujeto, por sí mismo y por los otros, fundamentales de su vida).

Algo que me impactó de lo que dice el autor a través del personaje del General, es una insistencia en el sentido de una amistad desinteresada, pero más allá del altruismo, una amistad que no espera nada del amigo, (aunque se enreda en un laberinto de demandas satisfechas y frustradas).

 Voy a concluir compartiendo algunos párrafos del texto.

 

“Al igual que el enamorado, el amigo no espera ninguna recompensa por sus sentimientos. No espera ningún galardón, no idealiza a la persona que ha escogido como amiga, ya que conoce sus defectos y la acepta así, con todas sus consecuencias. Esto sería el ideal. Ahora hace falta saber si vale la pena ser hombre sin un ideal así.”

“Porque la amistad no es un estado del alma ideal. La amistad es una ley humana muy severa....Mas allá de las pasiones, de los egoísmos, esta ley, la ley de la amistad, prevalecía en el corazón de los hombres. Era más poderosa que la pasión que une a hombres y mujeres con fuerza desesperada; la amistad no podía conducir al desengaño, porque en la amistad no se desea nada del otro”