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Carlos
Guzzetti 5–4–06 Amistad:
destino del amor que no hace
institución Iluminaciones del campo transferencial
"Existe la camaradería, ojalá exista la amistad! Así habló Zarathustra." F. Nietzsche tal
vez le llegue a cada cual algún día también
la hora más jubilosa en que diga: «¡Amigos
no hay amigos!», exclamó el sabio moribundo; (Aristóteles) Luego
de su exploración del tema, en el que intenta definir la amistad pura: La
amistad perfecta es la de los hombres de bien y semejantes en virtud (185),
luego de afirmar que no se puede vivir sin amigos, por sobre todos los bienes,
¿cómo arriba Aristóteles a semejante conclusión, al final de su vida? Las últimas
palabras siempre pasan a la historia como el aforismo que resume toda una vida.
¿habría alcanzado finalmente la sabiduría?, ¿está acaso esta idea
prefigurada en su obra? Nada
nos asegura la autenticidad de la cita. Pero quien lo hace es Nietzsche y, como
dice el proverbio italiano, “si non é vero é ben
trovato”. En
favor de la autenticidad de la afirmación tenemos algo que observábamos la vez
pasada. La rígida
lógica clasificatoria aristotélica –a la que por cierto debemos buena parte
de nuestra estructura de pensamiento– afirma que la amistad crece entre
iguales, es una forma de la igualdad. De allí puede inferirse una primera
lectura del aforismo “el amigo, que es otro yo,
u otro sí–mismo”,
según las traducciones. Detengámonos un momento en esta definición. En la
Ética,
es el amor propio el que se transfiere al amigo, que, como espejo, refleja al
propio yo. Y como la virtud es un estado siempre a alcanzar, esta
especularidad está regida por el ideal del yo. La amistad se da entre
semejantes, pero no idénticos, ya que siempre uno encarna retazos del ideal del
yo del otro. Se introduce por la ventana una concepción de un sujeto dividido
en el vínculo de amistad. Sin embargo hay un resquicio más fecundo en la idea de que la amistad siempre implica un exceso, razón por la cual sólo es posible tener pocos amigos, si no uno solo.[2] Este exceso está más allá de la reciprocidad y la justicia. Queda del lado del que ama ya que para Aristóteles el goce está en la acción. Insisto en esta idea de que la amistad
es una acción y no una categoría ontológica. Derrida,
deconstruida la metafísica, va incluso más allá: la amistad es una acción
antes que una pasión. 25 Entonces, la imperfección de la identidad entre el amor a sí mismo y
el amor al amigo introduce una primera escisión, como decía, regida por el
ideal del yo, la virtud. Este circuito encuadra a la amistad en la lógica de
circulación de los valores –bienes, mujeres y mensajes, decía Lévy–Strauss–.
Se puede ser más o menos virtuoso y construir sobre esto un sistema filosófico
como la metafísica. Recordemos por otra parte que la diferencia que Aristóteles considera
en la amistad es la del superior y el inferior, léase, en primer lugar,
padre–hijo, mayor-menor, marido-mujer, gobernante-gobernado. Y que es la
justicia quien iguala a los superiores e inferiores, restableciendo una forma de
reciprocidad, condición necesaria de la amistad. Sin embargo la noción de exceso es otra cosa. Decíamos que para Aristóteles –y de allí en adelante–
la amistad es un concepto político. Por lo tanto no debemos confundir
exceso con excedente. El excedente es la plusvalía, la acumulación capitalista
y la sociedad de consumo. Una política del excedente no puede sino ser
acumulativa, ya sea de bienes (o de dinero), como de poder. En lo que nos
concierne, las terapias alternativas, el esoterismo
o la psicofarmacología pueden corresponderse con esta política del
excedente. El exceso, en cambio, es el terreno de nuestro trabajo, ya no es la
plusvalía sino el plus–de–gozar, como lo definió Lacan. El gasto
lo
nombraba Bataille –recordemos cuando con Luis trabajamos el notable texto
“La noción de gasto”–. Desde esta perspectiva, la lectura de la frase aristotélica que más
nos conviene (ya que con Aristóteles mantenemos una amistad utilitaria) es que
el otro del sí–mismo está en su propia intimidad. Ya no es el ideal al que
se aspira universalmente sino la alteridad misma, la diferencia misma, la différance
derridiana. Como tal, insoslayable e incolmable, porque se sitúa en una topología
diferente, no la de la elevación sino la de las superficies. Pienso aquí en
las geografías de Deleuze. Con eso trabajamos los psicoanalistas, con el exceso que llamamos goce,
que, por otra parte es la expresión cabal de esa différance. El goce absoluto es la muerte, por lo cual el
padecimiento subjetivo se enfrenta a la siguiente paradoja. El goce posible es
siempre parcial y sustitutivo, corre por los desfiladeros del significante. El
goce total no puede ser gozado por nadie ni hay nada que goce.. Entonces, la cita apócrifa es verosímil, ya Aristóteles deja entrever
la amistad como imposible. Pero es Nietzsche quien lo dice. No es posible
escabullir la enunciación con el recurso de la cita. En Inglaterra está
prohibido citar hablando mal de la corona. Pero en esa última frase opone el sabio moribundo a su definición del
filósofo, Übermensch:
“el loco viviente”, a quien le hace decir: «¡Enemigos,
no hay enemigos!», exclamo yo el loco viviente. Tal vez una esperanza más que una certeza. Después de todo la política
moderna es el arte de reconocer al enemigo (Carl Schmitt). Recuerdo que esta
afirmación fue hecha por alguien en el marco de la preparación del encuentro
de los Estados Generales en 2002; un acto político de amistad, queríamos
nosotros!. Este pasaje subraya el componente de
odio de la amistad. La amistad descansa sobre terreno inseguro, ocasión para el
malentendido y la divergencia hostil. Por eso recomienda saber callar, para no
desencadenar la avalancha de piedrecillas que lleve a la amistad tras de sí. En
esta danza de fuerzas la amistad se sostiene en un precario equilibrio, dando
oportunidad a poner en juego el odio. La amistad como tensión de amor-odio
es un continuo mantenerse «entre» estos dos polos, sin detenerse demasiado en
ninguno: el odio horada toda figura de la conservación de la relación,
conservación que siempre termina por reificar lo que es movimiento y
transformación[3]. Lo que atrae al amigo es la propia imperfección, es preciso engañarse
para amarlo, y saber callar, como acto de indulgencia con el otro y consigo,
para conservarlo. Esa es la condición de posibilidad de la amistad, un
dispositivo de ficción. Nietzsche dice que tal
vez hay
amigos, pero...[4] Sobre este adverbio
Derrida tiene mucho para decir. Su distancia con Aristóteles es máxima. Si para él la amistad es una
forma de igualdad, para Nietzsche todo
lo contrario. La máxima diferencia, que no debe intentarse reducir, es el
fundamento de la amistad. No se trata del amor al prójimo sino al más lejano[5].
Pero, insisto, no la diferencia en la elevación, como la Ëtica
contempla, sino la diferencia de superficie, las diversas líneas de fuga que
atraviesan el campo de la amistad. Aristóteles afirmaba que en la comunidad consiste la amistad (193).
Ahora bien, desde el punto de vista de la diferancia y de la no reciprocidad,
del exceso, en suma, ¿cómo entender la comunidad? ¿La amistad hace comunidad? Voy a decirlo a mi manera: ¿hace institución? ¿O más bien la horada,
la agujerea en cada acto? De pasada vuelvo a una pregunta que me hicieron y no supe contestar en
el momento. Así la entiendo hoy: ¿la amistad es un discurso? Diría que no, al
menos en sentido lacaniano. Todo discurso se encarna en instituciones –¡si lo
sabremos los analistas!– y la amistad resiste a ello, su institucionalización
la destruye como tal. Puede dar lugar a la camaradería, heredera de la
fraternidad, con las consecuencias políticas que ya indicamos. Fraternidad y
segregación. El trabajo sobre la amistad intenta iluminar el campo
institucional, regido por la lógica de la fraternidad. El dispositivo transferencial también es una institución, como lo
definen las nociones de encuadre y proceso (Bleger). Ritual repetitivo que Lacan
intentó conjurar con las sesiones de tiempo variable y el dispositivo del pase.
Y como en toda institución operan fuerzas instituidas y fuerzas instituyentes.
La vitalidad de la cura reside en el acontecimiento de un acto logrado –lo
instituyente–. Lo nuevo se revela en la repetición. Asimismo, lo instituido
del campo transferencial hace de sostén a configuraciones psíquicas precarias,
ofreciendo un terreno seguro para la construcción de una neurosis o psicosis de
transferencia. Volvamos a nuestro Nietzsche. Humano, demasiado humano es de 1877, en la plenitud de sus facultades. Zarathustra
fue
escrito en 1884, en plena pasión por Lou Andréas–Salomé, pero recién fue
publicado en el 91, estando ya internado en la clínica psiquiátrica. El loco
viviente fue consecuente con sus palabras. Zarathustra es un extranjero, un viajero, que decide retornar al mundo
de los hombres, para otorgar
y repartir mercedes (24), traer a los hombres un presente. Pero no limosnas, es decir
el excedente, sino que utiliza la metáfora de la copa que desborda, afirmando ...esa
copa quiere vaciarse y Zarathustra quiere volver a ser hombre. (24). El Superhombre será la locura, la pasión por
vaciarse. Decía antes que el ideal aristotélico de igualdad y reciprocidad
instala a la amistad en el campo del intercambio, si bien la noción de
“exceso” abre el campo de lo imposible. Nietzsche va más allá, se trata de
el empuje a “vaciarse” en el otro, un don sin aspiración alguna de
reciprocidad. El don es
algo que rompe con las formas del intercambio y la reciprocidad, una especie de
antilógica del mundo del mercado. Es algo de lo que entiende el amor, más allá
de las formas y medidas. El ultrahombre, virtud de la dación, ni siquiera tiene la intención de dar, como gesto de su propiedad. Como señala Derrida, la intención de dar supone un sujeto idéntico a sí mismo, conciente de su identidad, que a través del gesto del don trata de constituir su propia unidad y de que ésta vuelva a él, para reapropiársela: como propiedad suya.[6] Nietzsche subvierte una vez más a Aristóteles, porque mientras para éste
la virtud es la meta a alcanzar, para aquél la
virtud es voluntad de ocaso y una flecha del anhelo (30).
Ya no sólo lo que impulsa a la vida sino lo que empuja a la descarga. ¿Podremos
leer allí una anticipación de las pulsiones freudianas? En el pasaje Del
amigo
afirma: para el solitario
el amigo es siempre el tercero [7].
La escisión ya no es bipartición. El hombre habitado por el caos
interior es el que tiene capacidad creativa (32). El tercero, el amigo, es ocasión
de una acción que ponga en juego ese caos. Está en cuestión la identificación, que se confronta con sus propios
límites: ¿Qué es
por lo demás el rostro de tu amigo? Sin duda es tu propio rostro, en un espejo
imperfecto y tosco. Como dirá en otro pasaje: se guarda uno prudentemente de...la confusión entre el yo y el tú[8].
Imposible
identificación identitaria. La identidad es pensada en psicoanálisis según la metáfora de la
fraternidad: los hermanos iguales entre sí, se reúnen y segregan todo lo
diferente por amor al padre. Es en la masa donde el yo y el tú se reúnen en el
Uno. (Canetti) La visión nietzschiana rehuye de los efectos de masa: ¿Qué es
el amor sino comprender y alegrarse de que otro viva, actúe y sienta de manera
diferente y opuesta a la nuestra? Para que el amor supere con la alegría los
antagonismos no debería suprimirlos, negarlos. – Incluso el amor a sí mismo
contiene como presupuesto suyo la dualidad (o la pluralidad) indisoluble, en una
sola persona[9]. Los límites a la identidad los impone el deseo, verdadero motor de la
amistad: ...no
tienes que querer verlo todo. Tu sueño debe revelarte cuanto tu amigo hace
durante la vigilia. (76) El deseo al que me refiero es el de la diferancia, insisto con el
neologismo derridiano, que condensa diferencia y diferimiento. Rodeos, en fin,
deambular que responde a la insistencia de Nietzsche en que “el camino no
existe”, ya que Dios ha muerto. La frase del epílogo es el final del discurso de Zarathustra. Afirma la
existencia de la camaradería, pero la diferencia de la amistad: "Existe la camaradería, ojalá exista la amistad! Así habló Zarathustra." Ojalá! La última frase introduce una apertura. Ojalá (Así lo quiera
Alá!), es una traducción un tanto tendenciosa del vielleicht alemán. Mentar a Dios no es propio de Nietzsche. Tal
vez, quizás,
serían términos más adecuados. No es meramente una esperanza sino la afirmación
de una contingencia. Contingencia que resulta un modo de vérselas con la
imposibilidad. ¿Entre otros? El campo transferencial es clásicamente iluminado por la metáfora
freudiana de la horda y de la masa. El líder en el lugar del Ideal, los
miembros, identificados entre sí. Al fundar la cultura en la fraternidad,
reconoce como la amalgama social el odio y su forma de tramitarlo en la culpa
compartida. La fratría se reanima en la masa. Enamoramiento e hipnosis son los
modelos de la transferencia, la hipnosis como masa de dos. Para sortear ese obstáculo,
esa resistencia, inventa el método de la asociación libre. No obstante, Freud confesaba su dificultad para soportar la
transferencia materna y siempre se identificaba al padre, aún cruel, como el
capitán del hombre de las ratas. Evidentemente se le imponía su propia invención
mítica, el complejo de Edipo. Ferenczi, a su vez, concebía la transferencia como la relación entre
un niño y un adulto. Relación de poder que se introduce de contrabando. Otra
consecuencia política de las metáforas que nos orientan. En este caso una política
de la cura. La autoridad que nos confiere la transferencia debe ser analizada
para que la cura progrese. Por cierto que la clínica da sobradas muestras de la operatividad del
Complejo de Edipo en nuestros neuróticos. Pero también es cierto que toda
interpretación edípica es una remisión al mito, que en nuestro tiempo forma
parte de la vulgata analítica que la cultura mediática recoge. Una resistencia
al psicoanálisis, proveniente del propio corpus teórico. He resaltado el sintagma “campo transferencial” para captar la
complejidad irreductible a una estructura libidinal, del estilo freudiano. ¿Cómo la amistad ilumina el campo transferencial? No se trata de la
función del amigo –ni del paciente ni del analista– en la cura. La cuestión
es si es posible sacar provecho de la metáfora de la amistad para descubrir
nuevas luces y sombras. La noción de amistad está estrechamente enlazada con
la de hospitalidad. Pero no la amistad utilitaria aristotélica sino la amistad
de lo imposible que rastreamos en Nietzsche y Derrida. La amistad a la máxima
diferencia, pero no ya como lee Lacan a Freud, el deseo del analista como máxima
diferencia entre objeto e ideal del yo, sino, más allá de ella, la diferencia
pura, que es siempre diferimiento del empuje al vaciamiento del que testimoniaba
Zarathustra. Para eso hace falta el tercero, el amigo. ¿Dónde localizar entonces las dimensiones de la amistad en el campo
transferencial? La disposición a la escucha, el saber callar, ¿no es acaso un
don del analista? Lacan ya señalaba que el analista “paga” acentuando la
dinámica de intercambio que rige la cura –la sola idea de “dirección”
entendida como conducción sitúa nuestra práctica en esta dinámica–. Pero
algo escapa a esta lógica dela reciprocidad del pago. Ferenczi siempre se ocupó del exceso. Todas sus innovaciones técnicas,
que tanto lo excluyeron de la comunidad analítica –¡otro loco viviente!–,
estaban dirigidas a tramitar en el campo transferencial el exceso. Del lado del
paciente, claramente, con su técnica activa y luego la relajación o
neocatarsis. Sobre el final de su vida subraya la función del exceso del lado
de analista y así se zambulle en la experiencia del análisis mutuo. Pero ya no
se trata en esta mutualidad de reciprocidad sino del deseo excesivo de decirlo
todo, de vaciarse como Zarathustra. Y comunica a sus pacientes sus propias
asociaciones. Y eso es un exceso, en bruto. Freud se lo recriminó varias veces. Para terminar. Si la amistad no hace comunidad, si la camaradería
existe y la amistad tal vez, si la amistad no es fraternidad, si la fraternidad
es el fundamento de la política moderna, con su correlato de segregación, ¿es
posible una política de la amistad, será efectivamente política? Junto y simultáneamente (“ni de nuevo ni sucesivamente, al mismo
tiempo” decía Heráclito) a lo instituido de la estructura libidinal, lo
instituyente que implica la amistad como forma de tramitar el exceso. A lo largo de estas charlas he dejado bascular la cuestión entre la amistad y el amigo. Es momento de establecer algunas diferencias. La amistad, como vimos en el Lisis
o en la Ëtica, pretende ser definida como una entidad ontológica. Hemos
recorrido el fracaso de esta empresa, que concluye con que es una acción, un
devenir, un destino del amor. Hemos llegado a la afirmación de lo imposible de
hablar de Quiero dejar hoy, a modo de aforismo aristotélico, mi provisional respuesta: La fraternidad es necesaria, el amigo es contingente, la amistad es imposible. [1] Humano, demasiado humano [2]
No es posible ser amigo de muchos según la amistad perfecta...La
amistad tiene cierta apariencia de exceso, y los sentimientos excesivos se
dirigen a una sola persona. 189 [3] Cragnolini M., Nietzsche, la imposible amistad [4] ... tal vez se libre entonces de la amargura e incisividad de ese sentimiento con que el sabio exclamó: «¡Amigos, no hay amigos». Más bien se confesará: sí hay amigos, pero es el error, la ilusión acerca de ti lo que los ha conducido a ti; y deben aprender a callar para seguir siendo amigos tuyos; pues casi siempre tales relaciones humanas estriban en que nunca se digan, ni siquiera se rocen, cierto par de cosas; pero en cuanto estas piedrecitas echan a rodar, la amistad va detrás y se rompe.(HdH) [5]
Mejor os aconsejaré que huyáis del prójimo y améis al más lejano!
(Z, 80) [6] Cragnolini, op.cit [7]
Uno a mi alrededor es siempre demasiado –así discurre el solitario–.
Uno acaba siempre por ser dos. “Yo“
y “Mí” dialogan siempre con excesiva vehemencia. ¿Cómo soportarlo, de
no mediar un amigo? Para el solitario, el amigo
es siempre el tercero; y tal tercero es el corcho que impide que el diálogo
de los dos llegue al fondo. (Z,
75) [8] Humano, demasiado humano (citado por Cragnolini) [9] Id. |