“JUGUEMOS,
JUGUEMOS”
Grupo
de trabajo integrado por:
Cintia
Dafond, Carlos Guzzetti, Patricia Paluch, Claudia Roqueta, Margarita Urano, Luis
Vicente Miguelez,
Introducción
Se
hace necesario admitir que el campo teórico clínico que ha ido construyendo el
movimiento psicoanalítico es próspero en diversidad. Los enfoques teóricos y
las tendencias técnicas, sumados al estilo personal de cada analista, no cesan
de poner en acto la imposible identidad del psicoanálisis consigo mismo y la
exigencia principal de la disciplina: poner a trabajar la diferencia.
Situarse
en esta perspectiva posibilitaría hacer fecundo el diálogo entre analistas
para interrogar una de las cuestiones fundamentales que presenta el texto de
Rolla: qué opera en un psicoanálisis.
Se
hace necesario admitir también que los efectos que el itinerario analítico
produce en el psiquismo suceden independientemente de la línea teórica desde
donde se piensa el caso clínico y que, de igual modo, existe un margen de
efectos indeseables en esos mismos itinerarios que no es seguro que UNA
teorización haya podido fácilmente subsanar.
Reconsiderar
los resortes que hacen a la eficacia de la operación analítica conduce a la
pregunta por la función del analista. La que instituye su presencia en el
dispositivo de la cura y la relación que ella tiene con la dimensión teórica.
La
presencia del analista sostiene la apertura de la transferencia, instalando un
territorio de acción sobre el trabajo del psiquismo, en cuanto, al “estar ahí”,
el analista testimonia una promesa de significación al enigma por el
padecimiento del sujeto. Presencia -acto de promesa- que señala algún
por-venir sostenido en una ética.
En
el ejercicio de la función es indispensable, parafraseando a P.Aulagnier,
preservar la alianza entre lo ya conocido y lo ignorado; entre lo ya sabido y lo
cada vez nuevo que traen nuestros partenaires. Habría que tolerar la brecha
entre el conjunto de convicciones teóricas que construimos acerca de las
operaciones de subjetivación con las que orientamos la escucha clínica y la
aparición de lo imprevisto e imprevisible que nos llama a la intervención.
En
el caso de “Fulanita” constatamos que las operaciones del analista se ubican
allí, entre el saber teórico y la vacilación, entre la lectura interpretativa
y el impacto que la transferencia imprime en su propia subjetividad.
Dividido
entre la aspiración de ser un “analista ideal” ante la mirada de su maestro
y los obstáculos que le plantea la experiencia en pos de “un acercamiento
operativo”, Rolla no deja de “hacerse presente allí” intentando un hacer
en transferencia más allá de la ortodoxia psicoanalítica.
El
estilo expositivo del caso requiere una tarea preliminar de reconstrucción de
la secuencia para comprender el desarrollo de este fragmento de análisis.
Fulanita consulta a instancias de su novio médico por una úlcera gastroduodenal sangrante subsecuente al episodio de anorexia-bulimia con el que sale del estupor inicial, producido por una escena traumática. La misma sucede en ocasión en que la joven está higienizando la zona genital de su padre sumido en gatismo. En ese momento el padre tiene una erección, al tiempo que, mirándola, le pregunta ¿gusta pito, Fulanita? Horas desepués, el padre muere.
Los
procedimientos higiénicos habían sido indicados por el “novio-flamante
esposo-colega-médico” (como sucesivamente lo denomina el autor), quien ocupa,
por cierto un lugar importante en la situación transferencial en la que este
caso se despliega. En estas tareas, Fulanita, probablemente en complicidad
inconsciente con la madre, toma su lugar, “la desplaza”. Es la propia madre
quien comunica al analista el “embarazo” de su hija ante el efecto de sus
manipulaciones (la erección del pene del padre), lo que constituye a la escena
como traumática, significada como una relación sexual fantaseada con el padre.
Es la desaparición de todo límite lo que la lleva a enloquecer de angustia o a
una angustia loca.
Como
efecto de esto, la paciente se recluye, negándose a comer, defecando en
cualquier lugar, obligando a la familia a ocuparse de ella. Identificada con el
padre se ubica como sujeto demandante de cuidados.
Todo el caso despliega escenas que pueden calificarse de teatrales. La necesidad de público operando como tercero, resulta un recurso neurótico que alivia la angustia ante la indiferenciación con el objeto.
Resulta
necesario hacer una distinción entre las intervenciones del analista frente a
los obstáculos de la transferencia en juego, de aquello que deviene una operación
analítica. En este sentido, sólo podemos hablar de la eficacia operatoria en
tanto se produce algo nuevo en la experiencia capaz de generar un cambio psíquico
en la paciente.
Las
interpretaciones iniciales van en el sentido de imponer la dialéctica
relacional con el objeto fálico –hueco donde alojar el pene loco de papá-
como intentos de interpretar la lesión psicosomática y concluir en la
construcción de la ecuación simbólica pene-niño, objetivo aparente del
trabajo.
Podemos
inferir esto a posteriori, de las circunstancias de la interrupción del
tratamiento y sobre todo por la foto enviada dos años después –“Fulanita e
hija”-. La omisión del nombre de la hija –el sorprendido Rolla recuerda que
es el de la propia madre de Fulanita- puede leerse como la constatación de que
ella tuvo un bebé en vez del pene loco de papá. Esto reafirmaría la eficacia
de las intervenciones del analista en ese sentido. Puede
leerse también como un encubrimiento del apego en que Fulanita permanece
respecto de la madre.
No
podemos descuidar las vicisitudes transferenciales del caso, entendiéndola así
como atrapamiento en el pedido casi literal de Rolla, ilusión de una
genitalidad lograda.
La teoría que sustenta esta clínica constituye las más de las veces una resistencia. En todo el artículo se impone la idea de que es posible definir una “normalidad – neurosis” y que por lo tanto todo conflicto no neurótico debe entenderse como un déficit en el desarrollo, una detención en modelos mentales evolutivos. La estrategia que guía la cura de Fulanita, es conducirla mediante interpretaciones adecuadas, a una “edipización”, el logro de un modelo mental de nivel superior, estrategia de la cual el analista es llevado a apartarse violentamente en los acontecimientos más fecundos. En esos momentos manifiesta su sorpresa, bajo la forma de perplejidad, duda o confusión.
Ante pacientes como Fulanita el autor percibe una dificultad en cuanto a la comunicación entre analista y paciente, una cierta confusión de lenguas que impone un trabajo adicional a la mera interpretación. El lenguaje adulto del analista contrasta con el lenguaje corporal de la paciente.
Es la propia paciente quien indica, en primer lugar, el trato que debe dársele y detrás de eso el contenido de las interpretaciones a ofrecerle. Primero qué hacer y luego qué decir.
El primer tramo del fragmento clínico esta atestado de palabras provenientes del saber teórico del analista, interpretaciones simbólicas simultáneas, proferidas sin tregua. No le pasa inadvertida la dimensión pragmática del lenguaje, que remite a los contactos más primarios, constitutivos del self corporal. No obstante entiende la eficacia de la palabra como un otorgamiento de sentido. Se trata de traducir la conducta de la paciente a sentidos conocidos, en especial por el analista y su teoría. Sin embargo la función pragmática, “hacer cosas con palabras”, es la que permite ordenar las escenas que relata el artículo.
La
interpretación de la corbata
Es necesario establecer alguna hipótesis sobre el por qué la interpretación que se le formula – Rolla lo reconoce en su texto- desencadena una “crisis psicótica” en la paciente.
En primer lugar es transparente el hecho de que esta interpretación tiene como sustento una equivalencia simbólica: corbata remite a pene. Podemos cuestionar la operación por símbolo en tanto envía a universales de dudosa validez, crítica que se ha hecho suficientemente en estas últimas décadas. También podemos señalar que la concepción prevalente en este tipo de interpretación toma a lo comunicado en su valor de signo representativo de algún sentido oculto, latente, a ser develado en el análisis. Traducción que como podemos observar en este caso se efectúa siguiendo fundamentalmente la vía del símbolo o del índice, desconociendo la dimensión significante del discurso.
Sin embargo a pesar de lo correcto de la crítica, ésta no explicaría el efecto enloquecedor que tuvo la intervención de Rolla, explica solamente el modo de elaboración de la misma.
Partamos, entonces, de preguntarnos a dónde fueron a caer esas palabras, cómo pudieron ser escuchadas por la paciente.
Podemos decir que produjeron un efecto similar al de “¿gusta pito, Fulanita?”. Se trató de la reproducción en transferencia de la escena traumática que tanto afectó a la paciente. La intervención de Rolla, remite sin mediación alguna, a la escena de seducción.
Entendemos que lo que determina esta orientación en la cura –al menos en este fragmento de la misma, ya que en otros momentos se ubica de otra manera- es un feroz reduccionismo, reenvía lo que la paciente dice a una escena traumática anterior. Se trataría de levantar el disfraz de la palabra para que surja lo auténtico, la verdadera significación de lo comunicado, esto es, en este caso, la escena edípica. Para esta concepción que pone en práctica el autor, el valor metaforizante de la palabra no es más que un disfraz que hay que descubrir, en el sentido de desnudar, para llevar a la paciente a la escena primaria.
Lo que la interpretación viene a provocar es una encerrona que impide los caminos metaforizantes y elaborativos que se van armando en el contexto transferencial. Por el contrario congela lo transferencial en la reproducción lisa y llana de lo mismo.
La frase de Fulanita “igualita a la que tenía mi papá” es crudamente enviada a una escena que podría describirse de la siguiente manera “igual que con su papá su atención me hace parar la corbata-pene”. Se impidió así el movimiento elaborativo transferencial que ese “igualita a la que tenía mi papá” venía a poner en juego, remitiendo su elogio a la escena traumática, lo que encierra a la paciente en la reproducción perpetua de la fantasía incestuosa. La salida que encontró fue a través de la irrupción de la locura- no decimos psicosis- que viene a responder a la “locura transferencial” en la que quedó situada.
La
internación: ¿juego o interpretación?
Durante las sesiones en el frenocomio asistimos a un verdadero combate en el analista, entre la teoría en su dimensión superyoica y la experiencia real en juego. Una lucha entre la exigencia de interpretar según los cánones teóricos y el desafío lúdico que le plantea Fulanita, que no es cualquiera.
Sin entrar en consideraciones diagnósticas
coincidiremos en que el caso resulta grave. Y como sucede en la mayoría de los
casos “graves”, los pacientes no aceptan las reglas convencionales del juego
y consecuentemente la interpretación; sobre todo, la consabida neutralidad del
analista, no alcanza o, mucho más aún, no sirve.
La escena: Una paciente sujeta por su chaleco de fuerza. La perplejidad y el desconcierto del lado del analista recubren la atmósfera de ese encuentro en la clínica: “Las palabras parecían no coincidir con mis pensamientos”. “Intención de desatarla, de interpretarle algo que me sacara de ese estado”, relata Rolla. Las interpretaciones ametralladas sólo pueden pensarse en este contexto como una defensa contra esa perplejidad.
¡Cuántas veces la clínica nos confronta
con los límites de nuestro saber hacer teórico y técnico! Caminamos por un
borde donde el juego del análisis no puede desplegarse por el camino
tradicional. Los cuadros se rompen, los marcos se rompen, caminamos por las
fronteras.
¿Qué hacer? Dos senderos parecen posibles.
Uno, el dogmatismo, en tanto obedece a los saberes teóricos y técnicos
establecidos por los maestros, los precursores, revela su duplicidad:
reasegurador del narcisismo del analista, a la vez que alienante y paralizante.
Transitar el otro sendero promueve zozobra, inquietud, perplejidad, implica
dejarnos sorprender por lo que hay del otro lado de la frontera, abriendo el
juego, sacándonos el chaleco y aceptando el único juego posible, aunque no se
trate del clásicamente establecido.
Uno
de los obstáculos es el silencio de Fulanita. El mutismo absoluto en que
permanece durante los primeros tres meses de tratamiento en la clínica, podría
pensarse como una forma de oposicionismo o como reacción a la situación traumática:
se queda muda con su sufrimiento. No obstante algo se va produciendo y a pesar
de la sensación de inoperancia de Rolla, son tiempos fecundos, donde emerge un
analista no tanto por sus interpretaciones, sino por efecto de su presencia. En
ese momento el contacto corporal era lo esencial. Allí
aparece el primer giro operativo importante: la posibilidad de hablar.
Suspendiendo por un momento la mirada crítica
de su maestro Meltzer, liberado de su propio chaleco le quita el suyo a la
paciente permitiéndole emerger, descongelándola de su mutismo mortífero.
“Juguemos,
juguemos” le dice el analista a Fulanita. Así ella plantea su juego, en cuyo
contexto se produce un proceso de simbolización. Sustraerle objetos - zapato,
cordón, pañuelo, lo que llevaba en sus bolsillos- parece intentar simbolizar
la castración en el otro – doctor idealizado y seductor -. Así podríamos
leer que al guardar el cordón en su corpiño intenta impedir el acceso a ese
objeto, marcado entonces por la prohibición del incesto.
Cuando
Rolla decide entrar en el juego, las interpretaciones le hacen obstáculo. Un
ejemplo es el del dibujo con la horquilla en la pared. Fulanita escribe un número,
que luego convierte en otro. Rolla le propone el dibujo, pero no a la manera del
squiggle de Winnicott, sino como
mediador para una interpretación de índole sexual. No le propone un juego más
que para interpretarlo.
No
obstante, el material deja en claro que el prolongado trabajo en la internación
produce sus efectos, su posibilidad de cambio y recomposición de su vida.
La
afirmación “Fulanita soy yo”, salida del mutismo, muestra la resistencia
del sujeto a las imposiciones de sentido. El desprecio acompaña la frase que
afirma un lugar de enunciación y no de objeto de una fantasmática edípica
impuesta por el saber teórico que se revela siempre insuficiente. Es
en esta sesión donde la paciente va rearmando su imaginario (si danza es porque
controla su cuerpo).
Finalmente,
algunas apreciaciones sobre dos problemas que el caso plantea.
La
primera cuestión se refiere al diagnóstico. Acordamos con la revisión que
efectúa en el segundo artículo, no se trataría de una psicosis. Diferimos en
la conceptualización que la sostiene. A nuestro criterio se trató de un
alocamiento transferencial en una histeria grave.
La
segunda al destino de la transferencia. Rolla afirma que “la transferencia es
inextinguible”. Indudablemente las décadas transcurridas entre ambos tramos
del tratamiento propician esa convicción. ¿O no será acaso que, como
planteamos anteriormente, el primer tramo deja un resto transferencial
inanalizado, el confesado anhelo del analista de que alcanzara la genitalidad
madura?
Si
bien esto es congruente con los criterios de finalización del análisis que el
autor sustenta, la vuelta de Fulanita después de tantos años con una crisis
similar a la primera, muestra la precariedad de la salida del primer
tratamiento.