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Vínculos de amistad

 

Luis Vicente Miguelez

 

Voy a referirme a los vínculos de amistad. A lo que ellos puedan tener de terapéutico en si mismo en el sentido amplio que daba Winnicott al término y especialmente a lo que el reflexionar sobre ellos nos aporta sobre nuestro quehacer. Específicamente, dado que a ello me dedico, a las prácticas del psicoanálisis. Con esa denominación quiero abarcar a la diversidad de intervenciones que realiza un analista.

 

La pregunta sobre qué cura en el psicoanálisis, que venimos sosteniendo un grupo de colegas a lo largo de estos últimos años en Reuniones de la Biblioteca, que es una red de investigación en psicoanálisis, me lleva constantemente a preguntarme sobre las vicisitudes del vínculo terapéutico, sobre la intersubjetividad que éste genera y también sobre qué posibilita que algo nuevo, algo inédito ocurra en la cura analítica.

 

En este sentido me propuse traer a discusión algunas ideas respecto a los vínculos de amistad, a los afectos que éstos movilizan y su conexión con nuestra práctica. Es decir, lo que estos puedan llegar a  iluminar  sobre la presencia  del analista en un dispositivo transferencial.

 

Sabemos que la idea de amistad no se encuentra en los comienzos de nuestra cultura, sino que se va instalando paulatinamente variando en su significación hasta nuestros días. La práctica de la amistad va construyéndose diferenciándose de otros vínculos, específicamente de los de sangre, de las relaciones paterno – filiales y fraternas.  Me resulta necesario hacer una distinción entre los vínculos de amistad y los lazos fraternos. Si bien coloquialmente muchas veces los hacemos sinónimos, es importante sostener las diferencias existentes entre ambos.

 

En primer lugar quiero subrayar que la amistad no configura una relación connatural, sino que su práctica se inscribe en lo que conocemos como la dimensión performativa de la lengua. Decir amigo es una de las enunciaciones culturales por excelencia. Esto determina que las relaciones de amistad estén fuertemente asociadas a actos constituyentes de intersubjetividad, y no solo a sentimientos cariñosos.

 

Hagamos un poco de historia.  En el mundo griego antiguo, en el mundo homérico, no existía un término que designara la idea de amistad tal como la conocemos hoy día. El término griego philos del que luego derivará philía, amistad, tenía una función adjetivante. No señalaba a ninguna persona querida, sino que se utilizaba para estimar positivamente algo perteneciente a la propia persona, por ejemplo un Aquiles podría referirse a su corazón como amigo,  y un Ulises hablar de su ingenio en similares términos. De tal manera que philos era sinónimo de idios que significaba lo propio.

 

Podemos situar ahí el origen de la primera acepción que tuvo el vocablo philía, mancomunado a una idea de consanguinidad, de filiación y no de amistad. Es necesario que pase cierto tiempo y ocurran varios acontecimientos para que se produzca el movimiento semántico que hará del término philía  un sustantivo que refiera a una noción de amistad más cercana a lo que connota hoy día el término para nosotros.

 

Se le atribuye a Pitágoras la introducción del vocablo philía para designar la unión entre los términos. Por ejemplo, al denominar “números amigos” a aquellos que se corresponden entre si en la suma de los factores. La palabra amistad vendría a referir entonces a cierta  atracción por lo semejante, a una unión con lo semejante. Punto de vista que pone en discusión Platón en el Lisis, que es su diálogo sobre la amistad.

 

Por otra parte la concepción de amistad aparece emparentada con un comportamiento que tuvo verdadero valor de institución en el mundo griego, me estoy refiriendo a la hospitalidad, cuya práctica designaba el término griego de proxenia. Se trataba del compromiso ciudadano de albergar al extranjero, al xenos.

 

Tenemos en el carozo mismo de la concepción de la amistad dos tendencias opuestas, por un lado la atracción por lo semejante y por otro la hospitalidad al extranjero, al diferente. Podemos decir que conviven ambas disposiciones en una suerte de tensión permanente.

 

“Un otro si mismo” llamó Aristóteles al amigo. Entiendo que hay que tomarlo al pie de la letra. Se trata de una tensión inmanente entre lo semejante y lo distinto, lo propio y lo extranjero.

 

La práctica de la amistad incluye por consiguiente no solamente amar a lo semejante sino principalmente dar albergue a lo extranjero.

 

Por otra parte sabemos, y se trata de un pilar en la metapsicología freudiana, que lo odiado, lo ajeno y el objeto de satisfacción – insatisfacción coinciden en su origen, y que el acto de expulsión es constituyente del otro y del si mismo. De ahí que Freud coincidiera finalmente con Stecker en que en el origen esta el odio y no el amor.

 

Tal vez la práctica de la amistad sea una manera posible de hacer algo verdadero con la muda carga de odio subyacente en la relación con el otro. Una forma de tramitar el odio, bien diferente a la salida paranoica, y también alejado de las formaciones reactivas que podemos por ejemplo observar en las distintas formas de caridad. Esta manera de tramitación del odio que realiza la amistad  implica un verdadero trabajo psíquico elaborativo del mismo. Una labor que no niega las diferencias, ni asimila al otro al semejante. Que el amigo pueda conservar su condición de extranjero, de otro de uno mismo, coloca a la práctica de la amistad en un terreno diferente al de la fraternidad o al de la filantropía. También inaugura una posible política de la amistad, aquella que consiste en construir con las diferencias, de hacer con los otros –en tanto dialogar, debatir, convenir y disentir-  un lugar donde convivir en el mundo.

 

“Los hombres conviven, no como el ganado que comparte la pastura”, decía Aristóteles en la Etica a Nicómaco, y pienso que establece una diferencia clara entre compartir el objeto de la necesidad y el convivir como un acto político primordial.

 

Hay en el sentido histórico y etimológico del término amistad una verdadera celebración del xenos, del extranjero, encierra en la penumbra de su interior la manera en que el ciudadano griego ejercitaba en la polis su hacer político.

 

Si vale la pena recuperar este sentido del término es para mostrar que la amistad no es simplemente otro nombre del amor. Se constituye como un acontecer a caballo entre lo público y lo privado.  La posibilidad de que el deseo de cada uno pueda realizarse con el de los otros en una obra compartida deberá surgir de un reconocimiento mutuo de sus diferencias, esto es de no sofocarlas en un deseo único pero también de no negar el odio primario que estas suscitan. 

 

Retomo entonces lo que anuncié antes,  que no deberíamos confundir lo fraterno con lo amigo.

 

Hay ciertos momentos en donde el vínculo de hermandad entre los hombres nace a partir del odio al mundo en el que estos son tratados inhumanamente. Tal vez esa fraternidad conserve en sí el poco de humanidad que aún queda en un mundo canalla, son los períodos que Hannah Arendt nombró como tiempos de oscuridad, Ella reconoció que invariablemente la humanidad  aparece bajo la forma de fraternidad entre los pueblos perseguidos. Sin embargo advirtió que este tipo de privilegio tiene un alto precio a pagar, cierta pérdida del mundo, y señala que la carencia de mundo es a la larga una forma de barbarie.

 

Bajo la presión de la injusticia, la persecución, la discriminación y la violencia los hombres necesitan juntarse tanto que hacen desaparecer los intersticios donde se sitúa el mundo, desaparece el “entre” donde prospera el mundo.

 

Arendt afirmaba que sin los intersticios que separan a los hombres, muere el diálogo y se acaba el mundo. Se alegraba no sólo de que no hubiera una verdad única sino de que tan pronto como alguna era enunciada se transformaba de inmediato en algo puesto en discusión. Más que la verdad importa que el interminable diálogo entre los hombres no se acalle nunca.

 

La verdad sólo puede existir donde es humanizada por el diálogo entre los hombres, donde cada uno pueda enunciar aquello que considera verdadero. Si aquello que uno considera verdadero es bien distinto a la verdad única, también es algo diferente a decir cualquier cosa. Ya que lo que enuncio como verdadero me posiciona en relación a los otros, me une y me separa al mismo tiempo, establece los intersticios que reunidos abarcan el mundo. Sin estos intersticios no hay amistad y tampoco como dice Arendt hay mundo.

 

Que sea imposible cumplir el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo, es algo que no hizo falta que llegara Freud para reconocerlo. Lo que Freud mostró es que ese mandamiento desconoce la dimensión de extranjero que hay tanto en el prójimo como en el sí mismo, y que reniega de la ambivalencia por la cual el odio sigue como sombra todo amor por ese prójimo.

 

El amigo no es solo ni fundamentalmente el amado, sino aquel que puede hacer lugar al deseo del otro sin necesidad de comprenderlo todo ni de hacerlo propio. La práctica de la amistad está mejor situada en el territorio del acontecimiento que en el de la relación de objeto. La dificultad para establecer cuál era en definitiva el objeto de la amistad es lo que llevó a Platon a interrumpir el Lisis. Sin embargo ese fracaso platónico es su verdadero triunfo, el de hacernos evidente que es el diálogo mismo el que importa en la amistad y no el discurso sobre cuál sería el objeto de ésta. Por lo tanto todo pensar sobre el objeto de la amistad sitúa a esta búsqueda en falsa escuadra, ya que oscurece su dimensión esencial, la que hace de su acontecer mismo el acto intersubjetivo por excelencia.

 

Es sabido que en el momento mismo en que esta dialéctica intersubjetiva queda dominada por alguna demanda de amor se empieza a complicar la amistad entre los sujetos. Como analistas sabemos que es imposible que esto no ocurra, que la dimensión fantasmática que ordena nuestro economía libidinal insiste en tomar su lugar en todos los vínculos humanos. Que la repetición de escenas fantasmáticas acechen detrás de cada encuentro amistoso, no tiene necesariamente que hacer naufragar las amistades. Sin embargo implica reconsiderar el vínculo, hacer algún movimiento para que lo real de éste pueda volver a situarse.

 

Nombrando lo real del vínculo pretendo situar ahí, un punto resistente a la repetición de lo mismo. Sería aquello que va más allá de lo que el fantasma de cada cual viene a poner en juego, y que posibilita una descentración del objeto de la demanda. Si esto que no podemos decir específicamente qué es  pero que funciona, vuelve a su lugar, el vínculo recupera para cada uno la dimensión de extranjero de sí mismo haciendo de los encuentros motivos de entusiasmo. El ánimo cambia en tanto cede la repetición de lo mismo y se abre la experiencia de lo nuevo, de lo diferente.

 

Es este el punto en el que creo reconocer cierta  afinidad con lo que se despliega en la escena analítica.

 

Tal vez sea ese encuentro la única oportunidad para algunos pacientes de poder llevar a término, de retomar experiencias vitales que han quedado truncas. De poner algún punto final a situaciones traumáticas precoces o de elaborar por fin una pérdida que por muy temprana no permitió un trabajo de duelo adecuado.

 

Que un paciente pueda, por ejemplo, continuar en la sesión analítica el diálogo con su padre muerto no es mera imaginería. La presencia real del analista le confiere una dimensión diferente a la escena. Hace de la experiencia del análisis el espacio donde podrá jugarse una segunda oportunidad. Más que un volver a empezar lo mismo, propicia un poder empezar de nuevo algo que sólo se hubo esbozado. La idea de una originalidad irreductible en la relación analítica permite explicar una curación que no es exclusivamente transferencial.

 

Para que esta presencia real del analista permita llevar a cabo el recorrido de un análisis, tiene que sobrevivir primero a los ataques destructivos llevados a cabo imaginaria y a veces realmente sobre el objeto subjetivo que es él en  primera instancia. Me refiero a los avatares de la transferencia amorosa. Denigrar, ensuciar, destruir sabemos que se encuentra en la base de la relación de objeto; si finalmente se sobrevive a esos ataques, será esa supervivencia el primer índice de su existencia objetiva. Podemos decir que el otro real es siempre un sobreviviente. Lo que mejor define al analista es que es un sobreviviente. Es sobre este fondo que se recortará su presencia.

 

Se produce entonces una verdadera transformación en la relación con el otro, de un mirar atravesado por la agresividad envidiosa se dar lugar a un mirar amigo. Podemos decir que esto opera ya como factor terapéutico, al fin y al cabo debemos aceptar que la presencia real del otro no es algo dado sino el punto de llegada de un largo camino elaborativo.

 

Que el analista lo haya recorrido antes es ciertamente condición para poder dejarse tomar como objeto en la transferencia sin confundirse con él. En ese recorrido sitúo por supuesto su propio análisis pero también poder ejercitarse en lo que llamé una política de la amistad, hacer lugar al deseo sin imponer el propio. La disposición a la transferencia más que un saber técnico es una adquisición autobiográfica que habilita en el arte de poder dar lo que ya es del otro. 

 

En esto consiste la abstinencia analítica, efectivamente algo muy alejado de la indolencia afectiva o de la neutralidad obsesiva, es a mi entender la disposición a la aventura del encuentro con el deseo.

 

 

lmiguelez@fibertel.com.ar