Edgardo Rolla

“EL EMPLEO DEL CUERPO EN LAS PSICÓSIS CLÍNICAS”,

publicado en la revista de psicoanálisis nº1 del año 1988 conjuntamente con Francisco Petre, Cristina Melgar y Enrique Zamborian.

(A continuación de este material clínico del año 1988, se  transcribe el trabajo “Treinta seis años después , en el que Rolla vuelve a ver esta misma paciente)

 

 Comenzaremos con una viñeta clínica de una observación realizada por uno de nosotros y sobre ese material presentaremos algunas conclusiones teóricas.

  Se trata de una joven de veinticinco años perteneciente a una familia formada por el padre, la madre ye l hermano, un año menor; está de novia con un individuo algunos años mayor, profesional en una disciplina médica. Todo ese grupo de familia aparenta una comunicación afectiva positiva, con afectivizaciones que conducen en general a una solución grupal de las problemáticas emergentes; tanto en lo intrínseco como en los aspectos relacionales. El padre enferma bruscamente de trombosis cerebral y queda postrado en gatismo, en dormir casi permanentemente, con escasos o nulos movimientos de su cuerpo, y dificultades para ser alimentado. Se lo ayuda en la micción y la defecación y luego debe ser higienizado; esto es llevado acabo por la esposa hasta que la hija la desplaza. Llamaremos Fulanita a esta joven. En general las tareas de higienización y alimentación se hicieron siempre en forma grupal, es decir con la asistencia de todos los miembros de la familia, incluido el novio; éste los instruye para que la tarea sea adecuada. En una oportunidad se produce el episodio aparentemente desencadenante de la eclosión catastrófica. Fulanita está higienizando el ano, el periné, los testículos y el pene de su padre enfermo; de pronto éste produce unos movimientos de su cuerpo al par que su pene se erecciona en buen parte: Fulanita continúa, “con cierto embarazo”, al decir de la madre, y resulta que de pronto el enfermo entreabre los ojos, rota la cabeza y dirigiéndose a la joven pregunta con vos entrecortada: “¿Gusta pito, Fulanita?”

  Ella escapa de la habitación del enfermo y se guarece en su dormitorio de donde se niega a salir; para mayor coincidencia negativa el padre fallece horas después.

  La joven produce una crisis que podemos calificar de psicosis confusional en tanto que alterna crisis de mutismo con explosiones hiperkinéticas y logorrea; además agresiones incondicionadas, frases locas, podríamos decir “ensalada de palabras”. Había comenzado su tratamiento psicoanalítico en el consultorio privado, ye le tema principal era si la operarían del estómago por haber tenido una hematemesis, que se anunció como una ulcera gastroduodenal. Pero esto era quizá lo único coherente que producía. Luego de un tiempo, como la hiperkinesia agresiva se hizo intolerable, la familia misma pidió y obtuvo la internación.

  En los primeros tiempos de la internación las producciones de tipo maníaco se pusieron de alguna forma intolerable aun para el propio personal del internado. En un momento fue necesario confinarla en su habitación, con diversos elementos de seguridad para evitar que se dañara tirándose desde la mesa al suelo o atropellando la cama hasta desarmarla completamente.  Quedó finalmente con una cama difícil de desarmar, un colchón y una silla; si bien la hiperkiensia persistió, entró en un mutismo en que las pocas voces que murmuraba eran inteligibles; finalmente enmudeció totalmente.

 Las sesiones se llevaban a cabo en su habitación y un día la encontré con un chaleco de fuerza, totalmente inmovilizada, en su cama. Me senté en su cama. Contratransferencialmente sentí cierta perplejidad pero seguí mis movimientos. Me encontré sentado al lado de la cama y como meditando qué le interpretaría; parecía que las palabras no podían coincidir con mis pensamientos, los que eran una mezcla de la intención de desatarla, de la de interpretarle algo, de encontrar algo que me sacara de mi perplejidad , hasta que  finalmente , como si resurgiera de una regresión contratransferencialmente equiparable a la regresión de la joven, le interpreté que su actitud debía ser un reproche, que así mostraba mi incapacidad, ya que yo no podía disminuir con mis palabras el desenfreno de sus movimientos, y por eso me desdeñaba y me mostraba que había otra forma de contención. Recuerdo que me miró atentamente como si entendiera exactamente, y de pronto me escupió o intentó escupirme varias veces. Renovando mi interpretación agregué que sus escupidas debían reemplazar la falta de palabras con que quería expresarme su despreció, y sin embargo iba a sacarle el chaleco. Comencé a desatarlo y sentí renovarse mis dudas. Hasta que percibí que lo más que me perturbaba era enfrentarme con una experiencia tal por primera vez en mi vida. (Algún tiempo después tuve oportunidad de leer ese material ante Meltzer, en una supervisión  especial. Meltzer criticó mi actitud diciéndome que debía de haber llamado a la enfermera para que le desatara el chaleco. Aún hoy en este día estoy en un total desacuerdo con él.) 

Una vez desatada, la muchacha se levantó, acarició delicadamente sus muñecas, tobillos, pecho y movió el cuello de un lado para otro como si estuviera retomando posesión de su cuerpo y comprobando que estaba allí, intacto, con todas sus piezas en su lugar. Retiré mi silla hasta el centro de la habitación, colgué mi saco en el respaldo y en silencio me quedé observando los movimientos de la muchacha. Estaba vestida con un corpiño y una pollera, descalza. Comenzó a danzar alrededor de la cama y de mi silla en una actitud evidentemente de baile primitivo; le interpreté que tanto la cama como yo volvíamos a ser cosas amigas a causa de mi actitud de sacarle el chaleco; una cama que había odiado y trató de destruir porque le recordaban la cama de papá y mamá, cuando hacían hijos, la cama de papá enfermo, papá muriéndose, papá ofreciéndole el pito.

Pasó la mano entre sus cabellos y al encontrar una horquilla la tomó triunfante y se dirigió hacía la pared, siempre con movimientos de danza. Empezó a escribir nombres: el de los médicos del establecimiento, el de otros médicos que habían intervenido en su caso, el de su padre y, con letras bastante grandes, mi propio nombre. Le interpreté que también retomaba su amistad conmigo luego de haberme desafiado con el chaleco de fuerza, sintiéndome grande, poderoso, al desafiar la orden de los médicos de enchalecarla; que para mí había sido fácil desatarla mientras ellos eran débiles por encadenarla; luego continúe señalándole que me mostraba miedo, el temor de que la abandonara enojado. Me miró sonriente, siguió la danza y luego escribió otros nombres con letras muy chiquitas, entre ellos “Fulanita”. Luego de danzar alrededor de mi silla, volvió y escribió, al lado de su nombre, el de su madre y, más grande, el de la abuela. Le interpreté que conservando a las personas dueñas de esos nombres  me mostraba que eran las que habían ayudado a formar las paredes de su cuerpo; deseaba que yo entendiera que ahora era su protector principal, porque yo le había devuelto el cuerpo. Siempre mirándome como si me entendiera, volvió a danzar alrededor de la silla y le seguí interpretando que las paredes y los muros eran como los muros y los nichos de un cementerio, que allí estábamos papá y yo, pero yo un muerto importante, resucitado por mi actitud de sacarle el chaleco.

Sin embargo seguía teniendo la sensación de confusión, que me perturbaba la clara secuencia de mis pensamientos. Ella seguía danzando alrededor de mí, de la cama y de diferentes lugares de la habitación; le interpreté que me mostraba una danza alegre porque no necesitaba resucitar a papá, ya que ahora me había resucitado a mí; que yo protegería a la pequeña Fulanita que quiere acercarse a buscar mi protección; la culpa de haber dejado morir a papá y no resucitarlo ya no la persigue como fantasma; ahora danza y no sale disparando de la habitación como cuando limpiaba a papá.

Se me acercó apoyando sus brazos sobre mis hombros y desde allá se deslizó hasta el suelo quedando acurrucada entre mis pies; pero de pronto desató rápidamente el cordón de uno de mis zapatos y con la misma velocidad quitó el cordón y me quitó el zapato, que llevó en andas alrededor de la pieza con un gesto triunfal; por fin lo depositó en un rincón y luego escupió el trayecto que había entre el zapato y yo. Le interpreté que había querido librar mi pie como yo la liberé del chaleco de fuerza; como unía con sus escupidas mi zapato y mi pie, cuando me escupió estando enchalecada, fue mostrarme la única manera que seguía unida a mí. Fulanita se arrastró por debajo de la cama, luego intentó hacerlo por debajo de mi silla; levantó una sillita que habían dejado en la habitación y la colocó sobre su cabeza a guisa de sombrero, danzando alrededor mío a los saltos. Le interpreté que se burlaba de haber pensado en el pito enloquecido de papá. Dio cabezazos contra el fondo de la silla. Le interpreté que el pito enloquecido de papá se le había metido en la cabeza y quería devolvérselo metiéndoselo por el culo.

Disminuyó la danza; pareció que abandonaba la silla, la horquilla, el cordón de mis zapatos y se quedaba muy quieta; dio algunas vueltas alrededor de mi silla mientras hacía ademanes de pegarme. Le interpreté que parecíamos un teatro de títeres y que sin duda estaba tratando de engañarme para distraerme; que se había quedado dudando si era hundirle o quitarle el pito…Pero no pude terminar la interpretación porque en un rápido ademán me sacó el pañuelo del saco y otra vez se puso a danzar, agitando el pañuelo. Limpio el piso que había escupido con el pañuelo y luego se arrinconó en el rincón donde estaba el zapato, con una actitud como de estupor, inmóvil. Le interpreté que ella quería que mi zapato fuera el ataúd del pito de papá, donde descansar en paz ya que para tratar de sacárselo de adentro y dármelo a mi escupía pedazos de pito pero no sentía que los sacaba por la boca. Que muchas veces debía haber tratado de llorar al lado del ataúd de su padre y no puedo; ahora podría hacerlo, ya que tenía mi pañuelo.

La muchacha no hablaba ni una palabra pero indudablemente me escuchaba y entendía porque dobló cuidadosamente el pañuelo, lo guardó dentro del chaleco de fuerza que estaba sobre la cama. En seguida, con movimientos bruscos, se me acercó y también con gran velocidad registró los bolsillos de mi saco, sacó cigarrillos y unos pesos, desparramó todo sobre la cama y se llevó los cigarrillos a la boca. Le interpreté que no podía hablar las escupidas para decirme que me quería, porque la rabia le salía por la boca, el odio por los ojos;  rabia como caca. Yo era como una mamá que no entendía lo que ella quería o no era capaz de hacerle entender a mamita.

Sucedieron en esa sesión otras escenas como las descriptas. Me retiré teniendo que movilizarme para recuperar mi zapato, no el cordón, que ella guardo dentro de su corpiño; con lo que pude interpretarle que el corpiño era le chaleco de fuerza guardando una mamita que era la teta enloquecida, furiosa, porque papá le ofrece el pito a fulanita.

Pasaron varias sesiones en las que tuvo similares actitudes, si bien en ellas no intentó quitarme cosas, seguía sin pronunciar ninguna sonido, lo cual asombraba a todo el personal de la institución. En una sesión sacó de su corpiño el cordón del zapato y me lo mostró burlonamente. Le interpreté que deseaba que encadenáramos la trama de todas las sesiones porque ella sola no lo podía hacer, las palabras que yo hablaba y ella oía, para que al fin pudiera hablar palabras ; que por ejemplo quería que le entendiese que se sentía encadenada por el cordón del zapato a la mamá de Fulanita. Se quedó perpleja mirándome atenta; luego con despreció me dijo: “Fulanita soy yo”.

Mostraba su capacidad de reconstruir la semántica y la sintáctica luego de casi tres meses de silencio.

Le interpreté: “Y piensa que yo no puedo ser mamita”.

Se colgó el cordón en la boca; con la horquilla escribió en la pared el numero tres, bastante grande; se me acercó mirándome y me tiró el cordón a la cara: miró si yo tenía un cordón nuevo en el zapato, hizo una mueca y dijo: “Llegué tarde”. Por fin hablaba.

Le interpreté que era tarde para volver a colocarme el cordón en mi zapato ya que éste no era el ataúd del pito de papá pero que no era tarde para desprenderse de mamita y volver a ser la hija de papá; también sentía que yo podía sostener las paredes de su cuerpo porque mi pito no se enloqueció, y ahora éramos tres en la pared. Como recordando el número tres se volvió burlonamente y con la horquilla convirtió el tres en un ocho; luego burlonamente se puso en cuclillas, como para defecar. Me sentí dispuesto a entrar en el juego-diría, a incorporar un instante lúdico dentro de la ortodoxia-, por lo cual me levanté y le pedí la horquilla; también riéndome le dije : “Juguemos…Juguemos”.

Con la horquilla dibujé una especie de muslos y piernas a ambos lados del número ocho como si fuera una mujer en posición ginecológica; le tiré la horquilla que barajó prestarme y le interpreté  “que me había transformado en la pared de su cuerpo, ya parecía mujer, mientras que Fulanita era mujer”.

Pareció sentirse entendida, tiró la horquilla e, inmóvil, se quedó mirándome como si yo fuera transparente, como si mirara algo a través de mí; sintiendo la sensación rara e incomoda de no existir me fui a sentar contra la pared, respaldándome; aparentemente quedé fuera del campo visual de la muchacha, que siguió mirando en la misma dirección como si buscara algo que realmente se había diluido ; recuerdo la sensación de que el espacio se convertía en algo muy grande mientras la paciente comenzaba a balbucear y se reía con gestos extraños, moviendo músculos de la cara que no entran en juego en la risa normal; tenía el aspecto de estar conversando con algo más allá de sí misma; decía: “Mujer o varón, mujer y varón, mujer varón, varón”.

Le interpreté que se había sentido descubierta en su deseo de acostarse en la cama y que yo le pusiera la chata y el orinal; no pareció escucharme. Continué diciendo que esto descubriría que no tiene pito y solamente dos agujeros en forma de número de ocho; que hacía un esfuerzo para ignorarme porque yo valía menos que sus excrementos, de las cosas que había en su interior con las cuales a veces conversaba para ignorarme.

Quedó así hasta el final de la sesión y le interpreté que su tentativa era mostrárseme intrigada de si yo realmente recordaba que ella, cuando escribió en la pared, había puesto todos los nombres de varón de un lado, el mío (con gran tamaño) más o menos en el centro, y desde ahí todos los nombres de mujer hasta la abuela; que me pedía que yo le devolviera su anterior estado de mujer para que algún día pudiera dar nacimiento a cosas con vida.

En las sesiones siguientes pronunció palabras aisladas, en especial nombres propios, de familiares y de parte de su cuerpo. Fulanita fue saliendo paulatinamente de ese estado, mezcla de profunda despersonalización, profunda ausencia de su ambiente e intenso refugio autista y recobrando lenguaje, cada vez más sintáctico y semántico, aunque todavía conciso y concreto. Iba recuperando en parte su posición maníaco-hiperkinética y lentamente cierta hiperproducción verbal con frases que estaban siempre referidas a movimientos de su cuerpo, a deseos de acciones. La recuperación de su comunicación verbal parecía ponerla recelosa de mí y yo necesitaba conservar una distancia casi fija dentro de la habitación, diríamos, la distancia óptima. Había un contenido persecutorio, algo así como que yo era un objeto expulsado desde su adentro y ahora vigilado. Su necesidad de comunicarse conmigo fue cada vez más manifiesta; cuando no podía hablarme escribía una carta que me entregaba al retirarme; también me daba recortes de revistas con artículos alusivos a relaciones de padres con hijos, de maestros y alumnos, de películas pasionales, fotografías de artistas, etc. Parecía que la recuperación de su verbalización y los movimientos más adecuados de su cuerpo eran el fundamento de la recuperación de su lenguaje; me era necesario conservar la distancia óptima para no volver a sentirme sin existencia y tener posibilidad de reproducir un reacercamiento operativo, lo cual eludía la posibilidad de reproducir identificaciones primarias conmigo, ya que yo había sido parido, dado a luz, constituyendo la personificación de sus fantasías de procreación, de renacimiento, con su cuerpo que volvía a ser un conjunto de elementos sustentando sus sentimientos de identidad, aún magro, al haberle ayudado a que la chata sucia en que ella higienizaba al padre se hubiera convertido en un elemento de gratificación para sus fantasías de procreación.

El proceso de remisión y de restitución psicótica fue progresivo. No es nuestro interés estudiarlo sino sencillamente relatar este episodio para proponer la discusión acerca de si es posible considerar al lenguaje como un órgano del cuerpo, el lenguaje como construido por el cuerpo y sus acciones, sus experiencias. Es así como los fonemas se transforman en morfemas, luego en palabras, símbolos, sintaxis, contemporizando con la toma de conocimiento de las partes integrativas del cuerpo y sus acciones, la adecuación de la distribución por zonas y las gratificaciones o frustraciones de las experiencias correspondientes.

Inferencias teóricas

Hace bastante tiempo que nuestras investigaciones tratan de esclare­cer la relación entre cuerpo anatómico, imagen del cuerpo, esquema corporal y self corporal a través de las vicisitudes que se presentan en las regresiones que suceden o preceden a las crisis psicóticas. Hoy nos parece que recuperar este material para mostrar el estado actual de esas investigaciones es evidentemente oportuno. Si aceptamos que las dinámicas mentales de regresión son las que quedaron ligadas a la estructuración fundamental del sujeto en termi­no de estructura psicopática, dicha regresión no debe afectar únicamente al ego psicológico sino también al ego corporal. Y en este caso la regresión, en su aspecto formal y tópico, especialmente, mues­tra que esta al servicio de la búsqueda de ese instante en la evolución psicosexual del sujeto en que el conflicto intrasistémico de la defu­sión pulsional se solucionó gracias a la gratificación de su depen­dencia con respecto al ambiente. Este ambiente, no hace falta re­cordarlo, corresponde especialmente a la "madre ambiente". Es ella la que provee el clima emocional en donde el pequeño infante habrá de ubicar finalmente a la madre objeto, y dar participación aunque en forma secundaria al objeto padre.

La dinámica de la .regresión no lleva el funcionamiento de todo el sujeto hasta lo que anteriormente llamábamos punto de fijación, sino que el sujeto va en búsqueda (por decirlo así) de la época en que la gratificación de la dependencia le permitió la fusión de las pulsiones eróticas y agresivas en tal forma como para que la relación objetal se estableciera a través del sadismo oral que dicha fusión produce.

En los fenómenos regresivos de las psicosis podemos observar que justamente el nivel de tensiones en que se produce el comienzo de la restitución psicótica no coincide necesariamente con los clásicos ni­veles de evolución: orales, anales, fálico-uretrales, etc., sino que estando todos ellos mas o menos fusionados para la época de la crisis psicótica, no podrán constituir niveles selectivos para la deten­ción de la regresión, ya que la gratificación de la dependencia que fusiono las pulsiones, si bien da lugar al sadismo oral, puede real­mente haberse consolidado mucho después, para la época del sadismo anal, por ejemplo. Lo que nos importa es ver como el ego corporal, en las cuatro dimensiones que hemos señalado más arriba, nos enseñara en que combinación de sus niveles evolutivos se produjo la consolidación de la fusión pulsional y dónde habrá una preponde­rancia oral o una preponderancia anal o fálica o el trastrueque de dichas preponderancias. De ahí que la mostración que el sujeto hace como logro de la puesta en marcha de la restitución viene a ser el anverso de lo que fue el punto a que llegó la regresión.

Así en el fragmento de material que presentamos en la viñeta clínica, hay, por un lado, conservación de la motilidad de ciertas partes del cuerpo (piernas, brazos y manos) , mientras que, por otro, la pa­ciente pierde el habla, enmudece por un buen tiempo, y muestra en los comienzos la casi permanente defusión pulsional donde la motilidad es simplemente una vía de descarga que parece ser directa, ello-mundo ambiental, de las pulsiones agresivas de diversa calidad y cantidad. Al escupir, la boca cumple una función anal.

Uno de nosotros publicó hace bastante tiempo una hipótesis acerca de lo que llama modelos mentales; la teorización no prosperó ma­yormente pero ahora, quizás, con esta nueva idea sobre las psicosis, podríamos recuperar esas teorizaciones en el sentido de que los mo­delos mentales están integrados por diversas aportaciones del ego psicológico y del ego corporal, así como también por diversas cuali­dades y cantidades de fusiones y defusiones pulsionales. Es más operativo trabajar con la teoría de los modelos mentales que con los clásicos puntos de fijación. La importante para nosotros es mostrar cómo la regresión va hasta un punto en que la dependencia debe ser gratificada en forma particular para que el sujeto pueda empezar nuevamente la síntesis de su capacidad de amar y de odiar, de crear y de destruir.-

En la viñeta clínica omitimos algunos antecedentes para no com­plicar la comprensión del material. Ahora agregamos alguna informa­ción. Se recordara que Fulanita escapó de la tarea higienizante y se encerró en su dormitorio. Pasó muchos días dando muestras de una evidente depresión: no se lavaba, no se cambiaba, no comía. Entre la madre y el novio consiguieron que esto remitiera y comenzara por lo menos a corner. La anorexia se transformó en una crisis de bulimia hasta que la muchacha presentó signos de una somatización definida, una hematemesis por la que fue sometida a un examen gastroentero-1ógico, en el que se diagnosticó úlcera gastroduodenal. Una vez trajo a la sesión una radiografía y señalando insistentemente un punto me decía que era un nicho en su duodeno, "un hermoso nicho". Los clíni­cos que la atendían opinaron que había que efectuar una gastrectomía, pero el novio la trajo al análisis pensando, que la ulcera gastroduo­denal se cura con análisis y no con cirugía. Las interpretaciones giraron alrededor de que se había fabricado un nicho tan inteligen­temente, donde guardar el "pito loco" de papa, para que se mantu­viera ni muerto ni vivo.
En otra oportunidad mientras se estaba produciendo un material más o menos incoherente, acostada en el diván, se dio vuelta, quedo boca abajo y haciendo unos saltos como si fuera un coito, me miró fijamente levantando la cabeza y señalando mi corbata dijo: "'Oh, igualita a la que tenia papa". Le interpreté: "Así es, todos los hom­bres la llevamos igual, colgando al medio, en el frente".

Aun a riesgo de que alguien vuelva a decir que esta interpreta­ción fue la que enloqueció a la paciente, lo cierto es que la hiper­kinesia y la logorrea aumentaron y finalmente hizo estallido la crisis psicótica que, como contamos en la viñeta, determinó la decisión de internarla en un frenocomio.

Aquí incluimos este fragmento con la idea no de complicar sino de sostener el punto que estamos mostrando de que la ubicación de la gratificación de la dependencia que permitirá la detención de la regresión y el comienzo de la restitución, no puede decirse que esté en el estadio oral o en el estadio anal o en el estadio fálico; es una combinación de elementos provenientes de todas esas etapas de evolu­ción, pero que están constituyendo las señales de la época para la cual la gratificación de la dependencia, luego de haber contribuido a la fusión pulsional, fracasó en el mantenimiento de la misma y dio lugar a la primitiva crisis psicótica, que luego fue solucionada con la estructuración de defensas que no son las mas conducentes para la es­tructuración neurótica del sujeto, sino que sirven para mantener de alguna forma, diríamos artificial, esa fusion pulsional y producir una especie de autocuración de la crisis psicótica primitiva.

Cuando la situación se muestra en la forma de la viñeta clínica, la defusión era tan intensa que lo libidinal podía continuar la vida pero no podía construir ninguna vinculación objetal ni siquiera parcial; antes bien, erotizaba la agresión que se tornaba cada vez clínicamente más destructiva. Tal como lo interpretó, con el chaleco de fuerza podía contener la motilidad erotizadamente agresiva, y además comunicarme cómo debía tratarla yo, mucho más que qué tendría que interpretarle.

Hoy en día se admite que ésta es la posición del infante cuando debe transcurrir por esas vicisitudes de fusiones y defusiones pul­sionales; toda su conducta se dirige a informar al ambiente come debe ser tratado para que pueda lograrse la gratificación de su depen­dencia. Estamos totalmente de acuerdo en que todas las emisiones y producciones de un individuo durante la crisis psicótica son elemen­tos de comunicación que dan lugar, como decimos, a que el terapeuta construya una representación mental acerca de cómo debe ser el trato que dar al paciente, y recién detrás de eso de las cosas que habrá que interpretarle, siempre tratando de mantener una imagen de progreso, algo así como una imagen de marcha hacia el enfrenta­miento edípico.

También estamos convencidos de que el lenguaje de los padres, al ser formulado en forma de sintaxis total, conlleva una pragmática en cuanto contribuye especialmente a la conformación del self cor­poral. Por esto podrá verse que en las interpretaciones la semántica y la sintáctica están preservando ese principio, es decir, el terapeuta interpreta con lenguaje total adulto, salvo algunas concesiones, y guiado por la actitud corporal de la muchacha, que está utilizando la motilidad de su cuerpo físico, sirviendo a la necesidad de emitir señales en proceso primario para producir una identidad de percep­ción, en tal forma que el "ambiente-terapeuta" provea la facilitación para que la dependencia se sienta gratificada en el máximo posible.

En algún otro lugar recordamos que, de acuerdo con la teoría de la danza, se podía inferir que la situación en que los miembros de un grupo humano estaban unos al lado de los otros (como es­taban los miembros de la familia de Fulanita) las palabras eran acompañadas por movimientos que se iniciaban precediendo a los sonidos y fonemas. Hay entonces una relación entre movilidad cor­poral, estructuración de la imagen del' cuerpo y lenguaje; en las tribus primitivas, lo mismo que en la familia de Fulanita, cualquier ansiedad de soledad es eliminada por el solo hecho de estar unos al lado de los otros, cercanos, pero nunca uno con los otros. En las tribus primitivas los movimientos y las danzas al comienzo están relacionados hasta llegar a construir sonidos con aspecto de signos relacionados a su vez con palabras primordiales, fonemas, que luego irán hacia morfemas y finalmente hacia palabras con significado. Los movimientos grupales tenían más importancia y eran los que coman­daban las diversas acepciones semánticas.

Esto es también lo que nos permitió pensar que si todos los órganos de introyección y de proyección o de emisión tienen una catexis de la libido que vino del centro del self corporal hacia la periferia y luego emergió al mundo externo, el lenguaje como órgano de comunicación y de expresión de deseos debía ser considerado como un órgano mas del cuerpo.

El lenguaje adquiere contenidos que pueden ser considerados sím­bolos porque la afectividad, la otra versión del emisor, está en su actitud para con el receptor; el total pertenece al contenido del men­saje. Un gran músico dijo que una melodía es una voz que danza; la voz humana ha precedido sin duda a los instrumentos musicales propiamente dichos, aun si han sido prontamente el acompañamiento de la. danza. Aceptamos que la capacidad- de simbolizar es también otro de los elementos heredados, genéticos, del ser humano pero que habrá de compaginarse en relación justamente con la confor­mación de los descubrimientos acerca del cuerpo físico, para luego relacionarlo con las fantasías y las acciones y conformar la imagen del cuerpo y por fin el self corporal. Susane Langer afirma que la función de simbolización es "una de las actividades primarias del ser humano al igual que comer, mirarse o moverse".

Sería como decir que la estructura de personalidad de Fulanita corresponde a una de esas que denominamos histéricas; todo lo que significa cuerpo, imagen corporal y self corporal esta relacionado de alguna manera con lo que podríamos llamar compaginación histórica; pero acá estamos refiriéndonos nosotros especialmente a la utilización del cuerpo como señalador de las necesidades de gratifi­cación de dependencia que usa la muchacha, durante una crisis psicótica, aparte de lo que después podamos decir que es tal o cual estructura de personalidad.

Justamente queremos mostrar que Fulanita, en su regresión en búsqueda del punto en que su dependencia fue gratificada en tal forma que permitió la fusión de las pulsiones y un crecimiento hacia el logro de ser una persona con una enfermedad, nos mostró que antes de que emerjan sonidos, sílabas, luego palabras y por fin frases, el sujeto ya tiene un comando del cuerpo físico en pos del logro de una imagen corporal que signifique un limite entre lo que es dinámica intrapsíquica y lo que es mundo extrapsíquico; mundo con el cual se vinculará, al cual internalizará, para finalmente hacer las sucesivas modificaciones en lo intrapsíquico de acuerdo con el trans­currir pulsional.

Como apoyo de lo ultimo que estamos diciendo, queremos recordar el caso de un niño que ya manejaba muy bien la bipedestación, la marcha, el avance o el retroceso, por fin lateralización, pero , que frente a una situación incierta en relación con los objetos primarios decía estereotipadamente lo siguiente: "A cuncun, it de que, laca laca". Seguramente gratificado en su dependencia, su progreso llevó a que casi bruscamente dejara de usar sus frases codificadas y luego que pudo acercarse con mucho más cariño a sus padres dijera la siguiente sustitución: "nene quere o que quere mama papa".

Todos los autores que se han ocupado del progreso del infante hacia su subfase simbiótica para aproximarse al final de la misma al enfrentamiento con la situación edípica, que como dijimos es una relación con dos objetos totales que a su vez los percibe objetivamente relacionados entre ellos incluso sexualmente, el triangulo edí­pico, el niño habrá de acompasar su desarrollo psicosexual, su madu­ración, y también toda la actividad motriz para la separación, toma de la distancia óptima, finalmente la diferenciación e individuación con la fase del reacercamiento y su abordaje al terreno edípico, con el padre competitivo y la diferenciación cabal de los sexos. La defensa que llamamos represión entrara en su máximo esplendor operando especialmente sobre la función mnémica del ego, y las representacio­nes mentales por ende cobran también una afectivización que orienta luego en la latencia a la preparación para recibir ese tramo de la maduración tan difícil que es la pubertad.

Si la subfase edípica se hace imposible de llevar adelante por falta de recursos adquiridos en el tramo preedípico, el sujeto se estabili­zara preedípicamente con las defensas correspondientes a esa época (escisión, disociación, aislamiento o anulación), lo que dará lugar a una estructura de carácter, con mayor o menor patología posteriori En una época se solía decir que "la histeria" tenía su punto de fijación en la etapa fálico-uretral. O sea, correspondía a las dificul­tades edípicas y a las dificultades por exceso o escasez del estableci­miento de la represión. Luego se agregó que la histeria tenia dos puntos de fijación: oral y fálico. Actualmente aceptamos que la característica de la histeria son las identificaciones a veces contradictorias con que el sujeto trata de llevar a cabo la superación de sus senti­mientos de perdida del amor de sus objetos primarios; aquel hará todo el empleo necesario de su cuerpo físico conformando diversos aspectos de su imagen corporal para que se produzca el logro de sen­tirse amado, es decir, de que no ha perdido al objeto en cuanto al afecto. Entonces los puntos de fijación de la histeria están alrededor de la gratificación de la dependencia en cuanto a la serial necesaria que es el amor desde el ambiente. Hay una combinación permanente de sentimiento de catástrofe y de renegación y aislamiento.

Pensamos, aplicando nuestra idea del diagnóstico psicoanalítico, que Fulanita, en cuanto a su evolución psicosexual, ha conseguido una estructura psicótica que trató de adecuar en cuanto a las vinculacio­nes ambientales a través de dinámicas histéricas. Estas dinámicas mentales o defensas no parecen ser las más conducentes para el mantenimiento de la sociabilización de una estructura psicótica, y, ante el sentimiento catastrófico de una perdida masiva del amor, las defensas histéricas ceden lugar a la regresión, la cual irá, como insistimos, en búsqueda del instante en que la utilización del cuerpo proveyó el sentimiento de gratificación de la dependencia como para que las pulsiones se fusionaran; si no la amenaza de destruir a través de la agresión libremente dirigida hacia los objetos llevará a la situa­ción de que tampoco es posible producir la catexis libidinal por cuanto esto seria darle existencia objetiva al objeto y por ende estar siempre a punto de destruirlo.

Consecuentemente con lo que señalamos acerca de que la regresión se hace siempre en forma de condiciones especiales en cuanto al ego corporal, podemos ver que en Fulanita la agresión ha hecho intolera­ble la vinculación; su imposibilidad de amar es evidente; aun trata de detenerse en una condición autoerótica en cuanto que somatiza y produce la hematemesis y los demás síntomas gastrointestinales; pero finalmente la amenaza de severa injuria para su imagen corporal y su cuerpo físico, implícita en la gastrectomía, le hace proseguir la regre­sión conservando determinadas combinaciones útiles de su motilidad. Lo sensoperceptual está altamente codificado, tal como lo podemos apreciar a través del episodio de la corbata. Cuando ya no le es posible disociar y aislar, renegar la amenaza que significa su motri­cidad, recurre al chaleco de fuerza.

En la viñeta clínica también vemos que todo lo que podemos llamar transferencia en un psicótico muestra claramente la idea de  que transferencia es un vector expresivo-comunicativo (en este sentido podríamos conservar lo de histérico) y señala permanentemente cómo necesita ser tratada para que su dependencia sea sentida como grati­ficada y la restitución se establezca sobre la base de un continuado sentimiento de ser, con la posibilidad de llegar así a la ambivalencia. En el material podemos ver que al final del episodio regresivo la muchacha en su restitución puede nuevamente sentir amor por el te­rapeuta y también controla la agresión a través del miedo; controla la perdida del objeto a través de otra complicada defensa, cual es la paranoia.

Con la crisis psicótica mostramos cómo es un episodio regresivo, la estabilización y luego la retoma de la restitución y el progreso, y finalmente mostramos cómo, una vez superada la crisis psicótica, podemos intentar el diagnóstico estructural y dinámico, tal como lo hicimos en líneas más arriba.

En su grupo familiar todos tenían el amor de todos con solo estar juntos y ser "buenos", complacientes. El ofrecimiento del moribundo rompió la seudomutualidad y Fulanita sintió que perdía el amor de todos los otros y sobrevendría una catástrofe. La "belle indifférence" ya no le prestó ayuda.

 

 

Bibliografía

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 [Ho­garth Press, Londres.]

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TREINTA Y SEIS AÑOS DESPUES: ESTRUCTURAS Y DINAMICAS DE PERSONALIDAD

Edgardo H.Rolla

Miembro Titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina

Presentación y conceptos

  La oportunidad de tener una intervención terapéutica con una per­sona que me viera a la edad de veinticuatro años y ahora con un cuadro similar, a los sesenta años,. me permite compaginar este trabajo en el cual trataré de presentar parámetros y posibilidades teóricas.

Freud dice en Análisis terminable e interminable

Tal vez nuestra experiencia no es suficientemente amplia para llegar a una conclusión firme; se confirman expectativas bastante a menudo pero no siempre ni mucho menos; ... la diferencia entre una persona que no ha sido analizada y la conducta en la persona después que ha sido analizada no es ni con mucho el cien por cien de lo que esperábamos o de lo que esperábamos que se produzca en cuanto al mantenimiento del logro... sucedería que el análisis a veces tiene éxito en eliminar la influencia del incremento de un instinto pero no invariablemente, o que el efecto del análisis esté limitado a incrementar el poder de resistencias de las inhibiciones, de tal manera que frenen demandas mucho mayores que antes del análisis; que puede también ser hecho espontáneamente en el caso de suceder que no haya habido análisis (p. 228).

Anteriormente, en la página 222, recuerda que no toda buena relación entre el analista y su paciente, durante o después del análisis, tendría que ser considerada como transferencia; dice que hay también relaciones muy amistosas que están basadas sobre la realidad y que se ha comprobado que esto es perfectamente fiable.

  Luego de esto pasa a referirnos el análisis de una joven mujer que duró casi un año y que removió la dificultad para caminar que tenía. Retornó a la paciente una excelente personalidad, con sus derechos a participar en la vida. En los años posteriores a su recuperación ella fue consistentemente desafortunada: hubo desastres en su familia, pérdidas financieras, envejeció y vió que se desvanecían todas sus esperanzas de felicidad en el amor y en el matrimonio; pero la que una vez fue inválida seguía en pie y soportaba las dificultades con entereza y ayudaba a su familia. No puede recordar cuando fue, si doce o catorce años después de que había terminado el análisis, sería obligada a recurrir a un ginecólogo debido a hemorragias profusas, quien le encontró un mioma y sugirió una histerectomía total; fue justamente por el tiempo de esta operación que la mujer devino enferma nuevamente, cayendo en amor con su cirujano. Transcurrieron fantasías masoquistas acerca de los temibles cambios en su interior, fantasías que ella utilizaba para parapetar su romance, y probarse por otro lado inaccesible a una nueva tentativa de psicoanálisis. Permaneció anormal hasta el fin de su vida y el tratamiento analítico que había sido exitoso en un momento dado, mostró ahora que no podía esperarse mucho de él; el tratamiento "ocurrió en mis primeros tiempos de psicoanalista". Sin duda, la segunda enfermedad puede haber emergido de las mismas fuentes que la primera, que había sido exitosamente superada; puede haber sido tam­bién una manifestación diferente de los mismos impulsos reprimidos, los cuales el análisis no habría resuelto completamente. Pero pienso que si no hubiera sucedido el nuevo traumatismo de la histerectomía no hubiera estallado nuevamente una neurosis. En Fulanita, mi paciente, si no hubiera habido una segunda muerte, posiblemente no hubiera estallado una segunda crisis.

Esto me llevó a pensar que si el análisis no es profiláctico, si no previene una nueva recaída, como decía Freud, algo debe haber no sola­mente en la técnica y aplicación del análisis sino también en las características de la personalidad del individuo. Esto es lo que me llevó a proponerme presentar aquí en este trabajo no la clasificación de las personas en deter­minadas agrupaciones, sino la descripción de características que tienen ciertos individuos que les hace pasibles de ser colocados en tales o cuales categorías del desarrollo humano.

Por ello es que acá voy a presentar el tema de las estructuras de personalidad y las dinámicas mentales como fundamental para entender la evolución de un sujeto, cómo es el desarrollo evolutivo, en qué van a parar sus logros de integración y, finalmente, cuál es la etiología de una enfermedad. Veremos como poner en juego efectivo la idea de que también la salud y la perturbación mental tienen una etiología y que ésta no es un bacilo, un virus o una circunstancia fortuita, sino que se trata del desarrollo evolutivo del sujeto, es decir, cómo ha venido dándose el fenómeno y la modalidad de integración desde su nacimiento biológico hasta el momento de la observación. Esto depende de las series complementarias, o sea, de lo que es constitucional, hereditario, ambiental -ambiente facilitante o no facilitante que da un logro previo que se impone dialécticamente a la fase posterior.

De esta manera también nacen los conceptos de estructura y de diná­mica mental, que corresponden a lo que es la presentación del total de personalidad del sujeto en determinado momento o corte de observación y que pueden variar naturalmente de uno a otro momento de observación. Por otra parte, las dinámicas mentales son los sistemas de comunicación y de convivencia que el sujeto desarrolla y que ya no podemos llamar como en otras épocas, defensas tales o cuales, sino que son sistemas de comu­nicación y de convivencia mucho más activos que las simples defensas. También, naturalmente, son defensas en cuanto a que tienden a producir modificaciones en lo que es la circunstancia vital de un individuo, sea con la tentativa de modificación de la realidad objetiva o también con la tentativa de modificar la actitud del sujeto para con su realidad subjetiva y la realidad objetiva; tentativas siempre de inhibición o modificación y adaptación.

Propongo ya, provisoriamente, y volveré luego sobre el tema más ampliamente, que consideremos la existencia de estructuras psicopáticas, estructuras de carácter y estructuras neuróticas. Por mi parte propongo, directamente, lo que sería la estructura en forma adulta de la especie.

Una estructura, tal como la vemos entonces en una presentación total de la personalidad en un momento dado de la observación, puede ser modificada de acuerdo con el desarrollo evolutivo, a tal punto que podemos considerar que todos hemos tenido una estructura psicótica en los primeros momentos de nuestra vida extrauterina, debido al desvalimiento y a la dependencia casi absoluta que presentábamos para poder seguir viviendo. Si aceptamos la definición de que la psicosis es un estado de desvalimiento y dependencia prácticamente absolutos, con reacciones más o menos violentas contra los objetos de dependencia, si bien transitorias, es evidente que todos hemos pasado por esta etapa en los primeros meses de nuestra vida extrautérina, que podemos calificar de acuerdo con Mahler como una etapa de psicosis evolutiva autística, seguida de una etapa estructural de psicosis evolutiva simbiótica. El narcisismo es siempre el motor del crecimiento y de la organización; así, si bien la etapa de estructura simbiótica dura prácticamente toda la primera infancia, hay modalidades diferenciales entre el comienzo y el final de dicha etapa.

Si el ambiente es facilitante y lo traído constitucionalmente tiene un cuantum positivo, el sujeto evolucionará de la estructura psicótica autística a la simbiótica. Finalmente su narcisismo lo llevará a implementar maneras particulares de reconocimiento del total de su cuerpo que constituyen el momento perverso polimorfo, el cual permite al niño la creación, la cons­trucción y su ubicación. dentro de la situación triangular, con la incorporación del padre como objeto de igual valor que la madre, como protector y admi­nistrador de gratificaciones de la dependencia.

La construcción de la situación triangular o edípica es un paso definido en la estructuración del self, ya que de la estructura psicótica pudimos evolucionar gracias al ambiente facilitante y a lo positivo del narcisismo hacia la estructura de carácter, eminentemente narcisística; finalmente, desde ésta hacia la estructura neurótica o triangular, convivencia de Narciso y Edipo, situación triangular normalmente evolutiva.

Las modalidades de comunicación y socialización que tiene el niño son las mismas que luego en el adulto harán su exhibición. Estas modalidades, técnicas de comunicación y dinámicas mentales son del tipo histérico, fóbico, obsesivo, depresivo, paranoide, narcisístico, con predominio de una u otra pero generalmente con una combinación de todas ellas en grados distintos.

Viñeta clínica

Fulanita, joven de veinticuatro años, es traída por su flamante esposo médico joven para esa época, a raíz de que ha presentado una hematemesis y se le ha aconsejado la gastrectomía (que nos hace recordar la histerectomía de la paciente de Freud). El colega, conocedor de las vicisitudes de esta afección y de que el psicoanálisis suele intervenir favorablemente en este tipo de perturbación gástrica, o mejor gastrointestinal, la trae para ser psicoanalizada. Así es que comenzamos la tarea, pero pronto emerge lo que está siempre debajo de toda perturbación psicosomática, cual es la perturbación psicótica. Esto va mostrándose primero como una severa depresión, una "tristeza" referida a la muerte reciente del padre, pero luego la información va completándose y complejizándose en cuanto a la estimulación que la muerte significó para los afectos y el psiquismo de Fulanita.

  El material clínico correspondiente a todo este suceso y a las vicisitudes siguientes, incluida la tentativa de suicidio (la había hecho ingiriendo un tóxico que fue lo que le produjo la gastritis y la hemorragia), ha sido ya publicado en la Revista de Psicoanálisis (1988). Por tanto, para evitar repetirme a mí mismo, refiero al lector a esta publicación.

El padre de Fulanita había tenido una trombosis cerebral que lo tenía postrado en cama, y tenía que ser alimentado y aseado, continuando una especie de vida vegetativa. La higiene era practicada a veces por la esposa y otras veces por la propia Fulanita; todo se hacía en una especie de reunión familiar donde todos estaban presentes mientras se producía la tarea. En la última oportunidad, mientras Fulanita limpiaba el periné insistentemente con un algodón mojado en una solución fisiológica, el padre pareció moverse y abrir un tanto los ojos mientras se producía una erección en el pene. Mientras Fulanita sostenía el pene con su mano izquierda y seguía limpiando con el algodón con su mano derecha, el padre produjo la expresión catastrófica: "¿te gusta pito Fulanita?"

Pocas horas después, fallece; naturalmente, el trabajo de duelo se ve severamente entorpecido por el suceso anterior de tal forma que ya comienza a producirse la regresión, como dinámica mental defensiva; al contener suficiente despersonalización entre sus ingredientes, provee el impedimento destructivo que Fulanita habría llevado a cabo sobre el cuerpo de su padre muerto, tal vez arrancándole el pene.

Circunstancia actual

Fulanita se recuperó de su regresión psicótica, volvió a utilizar su cuerpo adecuadamente y recuperó el lenguaje luego de tres meses de mudez; finalmente, ella y su esposo resolvieron emprender un viaje hacia el extranjero que hacía tiempo que el joven marido deseaba hacer por cuanto respondía a un premio conseguido por méritos. Así fue que, tiempo después, el análisis se interrumpió con una franca recuperación de Fulanita, que hacía gala de lo consciente que eran para ella todos los sucesos acaecidos, la relación y responsabilidad que tenía su agresividad con la frase póstuma del padre. Al despedirnos, me recordó que yo le había expresado que ella deseaba que yo restaurara su cuerpo de mujer, hija de mamá y de papá, para poder a su vez tener alguna vez descendencia, procreación, y con ello asentar definitivamente su recuperación, en vez de seguir añorando el ofrecido pene de papá.

Alrededor de un par de años después de que se había ausentado al extranjero, recibí una fotografía en donde estaba Fulanita con una beba en sus brazos. En el revés de la fotografía estaba escrito su nombre y agregaba "e hija". No estaba el nombre de la hija, que después veremos coincide con el nombre de la propia madre de Fulanita.

Posteriormente me enteré casualmente que habían regresado al país, que su hija tenía ya varios años y que el matrimonio funcionaba pobre­mente en cuanto a señales de convivencia positiva, tanto que el marido había expresado a ella, varias veces, que el porvenir era la separación. Volví a perder de vista y oídas a Fulanita y hace cosa de unos meses, para comienzos del año 92, me enteré que el marido había fallecido. Supuse que era el colega al cual yo conocía y pensé que buscaría la dirección para enviar el pésame correspondiente.

Cual no sería mi sorpresa cuando, un tiempo después, recibo el lla­mado telefónico de una persona que me dice llamarse Fulana, con el apellido del colega conocido -y según mis cálculos y según mis supuestos, fallecido- y me dice que su madre, a quien yo conozco por haberla atendido años atrás, estaba con una crisis muy parecida a la anterior y que tal vez estaría relacionada con el fallecimiento de su segundo esposo, por cuanto el primero, padre de esta "niña" que me habla y que ahora tiene treinta años de edad, se había divorciado hacía alrededor de veinte años, época para la cual la madre, Fulanita, había vuelto a contraer matrimonio con este señor que ahora había fallecido.

Fulanita no hablaba, no comía, se movía muy difícilmente como si tuviera un parkinson agudo, caminaba a saltitos; era atendida por un psiquiatra y una psicóloga, que la habían medicado profusamente y que le hacían psicoterapia todos los días.

Como parecía que el proceso se presentaba cada vez más complejo, la hija y su marido resolvieron buscarme a mí, cosa que a pesar del estupor indiferente en que Fulanita se encontraba, fue comprendido por la misma y aprobado, diciendo que estaba de acuerdo en volver a verme.

Más aún, estaba por arrojarse por una ventana, cuando le anunciaron nuestro encuentro. Se retiró de la ventana y dijo que quería verme. La transferencia es inextinguible.

Segunda viñeta clínica

Así es que entrevisto a Fulanita, quien me contesta de tanto en tanto con algún monosílabo, especialmente sí o no. Tiembla como una parkin­soniana, tanto en sus manos como en la estación de bipedestación; no come y es muy difícil hacerle tragar la medicación que le han indicado la cual, por otro lado, es profusa, como dije.

 En la primera entrevista está acompañada por la hija. Como Fulanita no habla, yo le pido permiso para que la hija me cuente qué ha sucedido. Fulanita contesta: "sí doctor" y Amelia (voy a ponerle este nombre) me relata que estando de paseo en un pueblo vecino, y cuando todo era armonía en la pareja, el marido le dice a Fulanita: "mañana será un buen día"; se acuestan a dormir y en algún momento Fulanita descubre que su marido ronca dificultosamente, finalmente muere silenciosamente.

De alguna forma es una muerte similar a la de su padre ocurrida treinta y seis años antes, tanto por la posición de los cuerpos como por la posición de inoperancia que el suceso produce en Fulanita. Es evidente que el suceso puede engendrar en ambos casos el más profundo sentimiento de inoperancia y una herida narcisística muy severa en cuanto a la verificación de tal inoperancia. Esto debe haber producido, en ambos casos, una brusca regresión, con desrealización sin despersonalización, y características de representaciones mentales superpuestas confusamente afectivizadas. Por ello, podría calificar el episodio como una crisis de psi­cosis confusional en una estructura de carácter, con severa desrealización de tipo onírico.

En la publicación anterior, refiriéndome a un material clínico que había tenido lugar muchísimos años antes, y del cual yo había hecho otra alusión en una presentación ante una reunión de la A.P.A., sostuve que había sido una psicosis confusional como resultante de la dinámica mental de la regresión en una estructura psicótica. Es decir, en esa época califique de estructura psicótica a Fulanita y su dinámica mental de regresión.

En efecto, las estructuras psicóticas tienen como característica la utilización de defensas en cuanto a sus dinámicas mentales, preferentemente la desrealización, y, finalmente, la regresión con despersonalización que lleva, al igual que el dormir, a una modificación tópica, temporal y formal, en vigilia.

Todo esto estaba claro en aquella época pero lo que aprendí después me ha permitido modificar algunos de esos conceptos me ha ayudado, en particular, la evolución de Fulanita, ya que luego de haber dado por interrumpida su terapia y haberse trasladado al extranjero, me remite una fotografía de ella cumpliendo lo que debe haber sido tomado como una indicación hecha por mí, la de tener hijos en vez de ambicionar el pene del padre. En la fotografía está ella con su hijita en brazos.

Esto es sin duda una restitución psicótica, es decir, una forma de terminar de consolidar la resocialización luego de la crisis de descom­pensación y desintegración psicótica; en esos momentos yo no lo percibí de tal forma. Aún años después, cuando publiqué el trabajo anterior, me dediqué especialmente al tema que quería mostrar sobre el "uso del cuerpo en las psicosis clínicas", sosteniendo que el lenguaje es un órgano del cuerpo, no presté atención al episodio de la fotografía, no le di el valor o significado de una restitución psicótica, y no modifiqué lo referente a la estructura psíquica de Fulanita. Como veremos posteriormente, ahora la ubico dentro de-las estructuras de carácter.

El lapso transcurrido entre uno y otro episodio de regresión psicótica, la similitud de los sucesos desencadenantes de dicha regresión, y el punto central que había sido descuidado hasta ese nuevo enfrentamiento con la paciente: la severísima crisis hiperkinética maníaca con que había respondido a su sentimiento de impotencia y grave herida narcisística, que le promovió grandes impulsos criminales de matar al padre corres­pondientes a una severa depresión psicótica y que había evolucionado hacia la resocialización y recuperación en una forma tan positiva, debía haberme hecho suponer que no se trataba de una consecuencia de mi augusta operancia, sino una forma particular de reactivación positiva que se produce en determinadas circunstancias, como luego veremos.

Esta vez, entonces, recomenzamos la tarea con Fulanita temblorosa, caminando a saltitos, absolutamente silenciosa como la vez anterior-es decir con una anulación del lenguaje verbal-, alimentándose difícilmente, pero con una conservación de lo sensoperceptual, al estilo onírico, dentro de su regresión tan marcada.

Esto da lugar a que por un lado se presenta como una psicosis clínica, pero por otro lado produce cierta perplejidad y asombro la lucidez de comprensión que la mujer conserva, al igual que en el episodio anterior.

Como medida inmediata retiramos toda la medicación, que era una complicada lista de psicodrogas  aceptamos hacer la fugo psicoanalítica directamente con ella, y, agregué esta vez, ya que la hiperkinesia maníaca no se presentaba, naturalmente porque los sesenta años de edad presuponen una dificultad para que ello emerja, en lugar de la internación dispusimos su concurrencia a un Hospital de Día, donde Fulanita transcurre sus días desde las 8:30 de la mañana a las 17:30 hs. de la tarde, habiendo mostrado su capacidad de recuperación en relativamente poco tiempo.

Al poco tiempo de haber iniciado la actividad terapéutica, Fulanita ha podido contarme entrecortadamente su sorpresa ante el hallazgo de su marido muerto al lado de ella. Muestra de inmediato como esa circunstan­cia, igual a la que ocurrió con su padre, le hace sentirse tan insignificante, tan poca cosa, al no poder producir ninguna medida tendiente a la solu­ción del suceso; exactamente igual a lo que sucedió hace treinta y seis años antes cuando nos conocimos a raíz de la muerte de su padre, que le había producido un impacto todavía mayor que el de la muerte de su marido por cuanto había podido decirle unas palabras antes de morir, palabras que le habían provocado la mudez total como para anular todo. Este sistema de anulación no le hacía sentirse operante; al contrario, sobre la incapacidad de anular totalmente las palabras del padre aparecía la pérdida de su propio lenguaje verbal. En este caso, la pérdida era parcial; intentaba recuperar la imagen por cuanto el marido no había producido ninguna frase que diera un significado de dudosa incidencia como las palabras del padre al ofrecerle el pene.

Siempre con monosílabos y la respuesta "sí, doctor", "no, doctor" y algunos relatos en donde muestra la regresión de tipo onírico, Fulanita va aceptando que su rabia, su odio, es tan grande que otra vez volvería a destruir todo como hizo la vez pasada que había desmantelado su pieza del Sanatorio, e incluso las adyacencias a su habitación, a tal punto que el director del sanatorio me dijo que era casi imposible tenerla en su establecimiento por la hiperkinesia destructiva que presentaba. Por eso hubieron de ponerle un chaleco de fuerza:

Esta vez, a los sesenta años, la destructividad estaba contenida por la defensa somática que había adquirido: no vomitó sangre. De todas maneras, no comía y parecía inmovilizada, salvo por el temblor tipo parkinsoniano. Por esto, le interpreté insistentemente que esta vez se había puesto ella misma el chaleco de fuerza, pero que ahora yo no podía quitárselo porque no eran visibles los cordones que lo sujetaban. Que si quería sacárselo, esta vez tendría que hacerlo por su cuenta. Aceptó la interpretación casi sonriente diciendo que haría lo posible pero que no entendía para qué necesitaba chaleco de fuerza,

Le mostré insistentemente que no había entendido que el chaleco de fuerza había servido para no destruir y, sobre todo, para no suicidarse; ahora tan sólo lo intentaría si no era cuidada rigurosamente por su hija y también por su madre, con quien vive desde su viudez. Su casa está cerca de la de su hija -que lleva el nombre de su abuela-y que a su vez está casada y tiene hijos. Toda esta función genital de reproducción y procrea­ción, al estar conservada, también nos marca que la ubicación dentro de las estructuras psicóticas, tal como la hice anteriormente con respecto a Fulanita, no es la correspondiente, y que tenemos que modificarla.

Antes de pasar a las consideraciones teóricas me referiré un poco más a lo que es el tratamiento en esta nueva eclosión psicótica. Además del psicoanálisis individual que lleva a cabo en mi gabinete, concurre-como dije- a las reuniones del Hospital de Día de lunes a viernes, lo cual le ha permitido el acceso a la resocialización mucho más rápido que la primera vez, cuando tuvo que estar internada en un frenocomio. Como también ya he mencionado, hemos retirado toda medicación, dejando únicamente el permiso para tomar Mogadan en caso de que no duerma, lo cual no es necesario pues concilia el sueño perfectamente. Antes era necesaria la administración de Rohypnol luego de la cena, de la magra cena que tomaba, para que pudiera dormir. He propuesto que se procure darle complejos vitamínicos B para suplir la carencia que debe producirle su anorexia psicógena.

En la terapia individual he insistido mucho acerca de su odio y de su necesidad destructiva incontrolables, que ahora a su edad solamente re­tiene con el temblor, caminando a saltitos, nueva versión del chaleco de fuerza, y que ese odio y esa destructividad está en relación con el sentimiento de profundo agravio de su autoestima al comprobar que frente a cierta circunstancia, la muerte, no tiene ninguna capacidad reconstructiva, recreadora, ni siquiera reparadora del objeto perdido. Escasamente la tiene para consigo mismo si no intenta otra vez suicidarse, y esto sino deja de sentirse la criminal que mató, para romper el odio que le produce su sentimiento de pasividad.

Me dijo que había estado varias veces al borde de su ventana pensando qué pasaría si se tirara. Cuando se le ofreció venir a verme, traerla a mi consulta, resolvió posponer el arrojarse al vacío. Sin duda esta es una evidencia de lo que significa la transferencia en la psicosis, que tiene un carácter de reminiscencia persistente, con un valor vincular que es evidente con lo que acabo de relatar.

En este punto solamente añadiré que más adelante habré de discutir la diferenciación que hago respecto a las regresiones psicóticas en la estructura psicótica y las regresiones psicóticas de las estructuras de carácter; en las primeras es imprescindible la restitución psicótica, en las segundas puede persistir la transferencia a través del recordar tipo reminiscencia; la psicosis se hace reversible.

Fulanita fue recuperándose y entramos en otro tema difícil, la posi­bilidad de encontrar un nuevo compañero para sustituir al perdido. Me dijo que a su edad eso era imposible. No hizo nuevos comentarios y ahí quedamos por bastante tiempo. Finalmente, me dijo que sentía excitación y que esto le provocaba una pérdida de orina, una micción espontánea en cualquier lugar donde se encontrara. La última vez había tenido una micción en el hospital de día porque se había excitado con uno de los compañeros, o tal vez porque vendría a verme y contarme que su excitación sexual parecía renacer.

Como le interpreté que la micción era algo así como apagar un incendio, se rió y me dijo qué pasaría si orinara en mi diván. Le contesté que en ese caso me vería en la obligación de coserle la vulva, cancelándole la vagina, y el agujero de orinar. Se rió más o menos jocosamente, y luego siguió diciéndome que entonces qué pasaría si ella deseara tener relaciones sexuales conmigo, porque se lo habían preguntado en el Hospital de Día los compañeros. Ella había contestado que nunca había pensado en tener relaciones sexuales conmigo, pero que ahora que le habían preguntado lo imaginó y consideraba congo un buen suceso ocurriera.

El proceso que cuento es ilustrativo en cuánto a que la herida narcisística que parecía irreparable ante su Ineptitud frente a la muerte, que por otra parte le hace pensar en su propia muerte, se repara si hay la creación de una imagen que parecía ser inefable pero que, frente al transcurrir de la transferencia, las palabras emergen oportunas, precisas y audaces.

El cambio psíquico positivo de Fulanita es evidente, lo cual me confirma más, como veremos luego, la idea de que se trata de una estructura de carácter donde la psicosis es reversible. Pero el problema está ahora en la realidad de la soledad que se verá enfrentada a resolver luego de que su recuperación se logre. También la perspectiva de la muerte de la madre, que vive con ella. Esta recuperación que la fundamentamos en las interpretaciones del hecho de que la ineptitud que ella siente en su amor propio está en relación con la curiosidad que le despierta la muerte, el saber qué es la muerte, qué se siente después de que uno se muere. Esto le produce relativo asombro y se queda mirándome, se pone boca abajo en el diván y queda mirándome como lo había hecho la primera vez cuando el episodio de la corbata. En esa oportunidad el padre murió, lo mató, y yo a pesar de tener una corbata igual, estaba ahora vivo, frente a ella también viva. Como vive con su madre que tiene ochenta y tres años de edad, pronosticamos que esta vez la terapia psicoanalítica será de larga duración y que sin duda se fundamentará en las posibilidades de trasladar lo que es el emblema de su creatividad, el enamoramiento de transferencia, en una búsqueda con relación de objeto que pueda serle gratificante. A pesar de que Fulanita tiene sesenta años en este momento, su aspecto físico está bastante bien conservado, y según me manifestó, en algunas oportunidades, su relación con su último marido había sido sexualmente muy satisfactoria, lo cual era lo que la hacía sentirse aún joven a pesar de su edad.

Consideraciones teóricas

El tema de la organización de personalidad en estructuras y el funcionamiento fundamentado en las dinámicas mentales, es lo que quiero defender aquí como tesis luego de años de elaboración clínica de las teorías psicoanalíticas, y de haber llegado varias veces a conclusiones que luego tuve que descomponer, recrear y reorganizar de nuevo.

Por lo pronto, creo que el narcisismo es equivalente a vida misma, que no puede haber narcisismo erótico o narcisismo tanático, ya que éste es siempre el mismo; pero, por razones de estructuración del sujeto, puede presentarse injuriado más o menos gravemente de acuerdo con circuns­tancias que ocurren en la vida de un individuo y en determinados momentos de su desarrollo.

El concepto de desarrollo evolutivo es sin duda insustituible. Aparte de ser, como dije anteriormente, razón etiológica de la salud o enfermedad mental, depende de la conjunción de las series complementarias, suscep­tible de variables que van desde lo ideal de un desarrollo continuado, progresivamente dialéctico y sin amenazas para el sentimiento de existencia, hasta las múltiples vicisitudes que dan lugar a que el individuo quede detenido, fijado, en determinado momento de ese desarrollo evolutivo, como se dice habitualmente. Este es, por tanto, etiológicamente, el germen de lo que luego clínicamente se presenta como perturbación mental.

El desarrollo evolutivo es un fenómeno que puede objetivarse a lo largo de la vida de una persona. Es posible rastrear a través del material clínico que un individuo presenta, cómo fueron diversos aspectos del suceder y en qué puntos de tal suceder están ancladas las fijaciones; o por el contrario, en qué forma el desarrollo evolutivo ha producido una organización en forma adulta de la especie.

De esta forma, si definimos que la psicosis es "un niño pequeño, desvalido y mostrando permanentemente su pánico ante el sentimiento de transformarse en la nada, mendigando la gratificación de una inagotable dependencia", no nos es difícil aceptar que esta situación ocurre en deter­minadas épocas de nuestra vida extrauterina y que cambia según el desarrollo, maduración y evolución del sujeto. Posteriormente podemos aplicar otras definiciones a la presentación clínica o fenoménica que un individuo hace.

Como decíamos, la libido destinada a la conformación y organización de las funciones del ego tiene un impacto que recae sobre la organización narcisística. Así, la libido que va a permitir la trascendencia y la construcción posterior de las relaciones objetales junto al mantenimiento de las rela­ciones subjetivas, es una equivalencia de vida; por tanto, es lo que va a producir la funcionalidad de lo que es captación del estímulo, de lo que es sensoperceptual; también la funcionalidad de lo que es complementario en esa tarea de captar, introyectar, internalizar: la puesta en marcha de la función muscular que servirá para asir, aprehender, trasladar el propio soma y el extrasoma, produciendo la incorporación o la expulsión y aún destrucción de lo que se siente como ajeno pernicioso para el mantenimiento del sentimiento de individualidad.

El narcisismo es la vida misma que produce la introyección, incor­poración, internalización, agregación al crecimiento y maduración del individuo, así como la posibilidad de aprehender cosas positivas para incorporarlas o expulsarlas y aún destruir las cosas que no se consideran como tales.

Es evidente que en los comienzos de la vida esto es imposible que se produzca con libertad y autonomía; nuevamente, la dependencia es un elemento señero de esos primeros tiempos del vivir extrauterino, de tal forma que podemos aceptar que hay un período psicótico evolutivo en los primeros meses del vivir extrauterino, que constituye lo que algunos autores, especialmente Margaret Mahler, ha llamado estadío autista del desarrollo. Luego que el sujeto por su evolución, maduración y desarrollo supera el estadio autista, entra en el establecimiento de una relación objetal de la cual es sobredependiente y, por lo tanto, la vinculación es simbiótica. Sigue el funcionamiento de unidad dual aunque con reconocimiento de la existencia del objeto (madre). En esta etapa el narcisismo, además de propender en condición de narcisismo primario a la conformación y orga­nización de las funciones del ego, de tal forma que las armoniza en una confederación de funciones, irá utilizando todo lo que signifique crecimiento del individuo, tanto sensorial como motor, para ir conformando el leit motiv del vivir: la separación, diferenciación e individuación. Nacemos biológicamente del interior de un cuerpo que llamamos madre, en términos populares "le debemos la vida"; luego todo lo que signifique progreso y desarrollo van a ser pasos tendientes a la separación e independización.

Creo que el problema de la independencia es central en la existencia humana y que si bien nunca se logra absolutamente, cuanto más quedamos en interdependencia, la marcha permanente es hacia el logro del sentimiento de autonomía e independencia.

El sentimiento de existencia y el verdadero self

Damos por aceptada la idea de que hay una psicosis autística evolutiva, una psicosis simbiótica evolutiva y que en ambas predomina la fun­cionalidad narcisística hasta que, para salir de esa psicosis, como ingrediente activo de la superación de las circunstancias psicóticas, sobreviene lo perverso polimorfo, donde el sujeto ha hecho un reconocimiento y reconstrucción de todo lo que significa su esquema de cuerpo y su soma, concretamente.

Aquí es cuando uno de los elementos del funcionar humano que yo considero como un, órgano del cuerpo, el lenguaje, se ha conformado en tal forma que la semántica y la sintáctica armonizan entre sí igual que todas las demás funciones del ego, para producir una pragmática, en el sentido de que este lenguaje verbal apoyado por lo no verbal transmite ideas con un continente de imágenes y un contenido de afectos. Evolutivamente esto lleva a la construcción de un diálogo con los objetos primordiales, madre y luego padre. Es decir, se conforma lo que hemos llamado ambiente faci­litante, de tal forma que ese diálogo que el niño propone es respondido por los objetos primordiales con un lenguaje corriente,  natural de ellos y no utilizando símiles payasescos de lenguaje infantil. El niño se sentirá incorporado a un contexto, formando parte de un esquema triangular triá­dico para constituir una evolución positiva frente a lo que anteriormente era triangular diádico; todo esto le da lugar a percibir un particular sentimiento.

Este particular sentimiento, el ser o no ser de Hamlet, se convierte-a raíz de la secuencia que acabamos de exponer- en un ser; es decir, ese sentimiento es de existencia.

Si esto no ocurre, pensamos que de acá en adelante, está siempre ger­minando la idea de la finalización de la vida somática por cuenta propia, es decir el suicidio, que trae aparejado no solamente el final somático sino el final del individuo.

Este ser o no ser, este sentimiento de existencia que corresponde al enigma de Sófocles; el momento en que el animal que camina en cuatro patas se ha tornado en animal que camina en dos patas. Agregaríamos que con un lenguaje, con semántica y pragmática, derivada de la sintáctica.

Es el momento que podemos llamar la cumbre psicosomática. Sen­timiento de existencia, comprobación de la totalidad -, el soma a través de la recorrida perversa polimorfa, construcción de la situación triangular triádica; sentimiento de existencia como final del "ser o no ser": ser, existir, con la particularísima condición de que el soma forma parte de tal sentimiento de existencia. El sentimiento de existencia -o el self, como han sintetizado otros en una sola palabra-fundado en el sentir que psiquis y soma funcionan coordinados, que no hay acción sin afecto correspondiente.

Si tuviéramos ahora que aplicar la conceptualización que nos propone Winnicott, tendríamos que decir que cuando se conforma el nódulo del­ logro de integración, que conforma lo que Winnicott denomina el verdadero self (true self) es un nódulo de integración por cuanto ya el soma recibe el comando de las vicisitudes afectivas anímicas. No es que sea simplemente un servidor de la psiquis, pero de todas maneras funciona al unísono con ella. Esa unión psicosomática significa que en el caso de una regresión como defensa frente a un impacto emocional insoportable, es decir en el caso de una regresión psicótica, el soma no se independiza de la psiquis aunque tiene ciertas actitudes que aparecen como tales. En las regresiones psicóticas se produce la desrealización y la despersonalización que es llevada hasta niveles muy primitivos en las estructuras psicóticas. El logro de integración que estamos mostrando sería el logro de integración que corresponde a la nueva fase estructural, la de la estructura de carácter, que presenta la particularidad que en el caso de producirse regresiones psicóti­cas ante impactos agudamente insoportables, el sujeto contrapone a la despersonalización una hiperkinesia que tiene distintas características, según haya sido la dinámica mental predominante para la época del fun­cionamiento social de la estructura de carácter.

Por ejemplo, en la estructura de carácter histérica, la regresión se hace, como en el caso de Fulanita en su primera presentación psicótica clínica hace treinta y seis años, con una hiperkinesia tipo maníaco en donde la destructividad se ha liberado del comando libidinal y la agresividad destructiva aparece como consuetudinaria, expresándose de continuo sobre todos los objetos considerados como extraself. Pero naturalmente en prevención de la posible destructividad de los objetos intraself, o sea, de la realidad subjetiva, los objetos amados. Es decir, en las estructuras de carácter hay desrealización, trastoque de la realidad objetiva por la realidad subjetiva, pero ésta es agredida en el extraself; por lo tanto, la desper­sonalización no ha de producirse sino que, al contrario, hay una hiperki­nesia que, como decimos, en los caracteres histéricos que hacen carac­teropatías histéricas, y en un momento dado psicosis histérica, la destructividad tiene una especie de elegancia, de "bien hacer" destructivo.

No sucede lo mismo en otros tipos de caracteres, tales como el carácter borderline, en donde el sujeto en los casos de regresiones, conservando la dinámica somática también hiperkinética y con desrealización, produce un tipo de destructividad grosero, a todas luces psicóticamente destructivo, tan es así que nos permitimos definir al borderline como lo siguiente: "es un sujeto que semeja a un niño grande, inteligente, mal educado, y que cuando se enoja produce regresiones psicóticas, y se comporta como un animal sucio y destructivo".

Como vemos, hay una diferencia entre esta definición sumaria y la definición que propusimos para psicosis. _

Lo importante es que al preservarse la kinética somática, al no hacer despersonalización, el sujeto tiene en su haber la posibilidad y capacidad de producirla reversibilidad del momento psicótico. Diríamos que son los psicóticos que se "curan". Más de un terapeuta se ufana de haber curado esquizo­frenias en un mes o dos meses; naturalmente, son psicosis en un carácter borderline o histérico.

Los caracteres fóbicos y obsesivos dan otro tipo de presentación psi­cótica clínica. Por ejemplo, el obsesivo es el que produce las presentaciones melancólicas, maníaco depresivas, que tienen características de depresiones psicóticas con un delirio muy particular, el autorreproche. También, como sabemos, la psicosis maníaco depresiva tiene su remisión y el sujeto vuelve a aparecer como carácter obsesivo, altamente obsesivo, con una for­mación reactiva que es casi patognomónica, su generosidad frente a lo que en un momento dado parecía ser una avara destructividad.

Dejando esta presentación clínica, volveré a lo que es el verdadero self o true self de Winnicott, que ahora podemos considerar efectivamente como el nódulo del logro de integración, el puente entre la estructura psicótica y la estructura del carácter. Por lo tanto, no es una restitución psicótica sino que se trata de un paso de integración, de una compaginación íntima capaz de construir eficaces ceremoniales, rituales o fetiches acom­pañantes.

Diríamos que el verdadero self es el nódulo central del sujeto, que guarda el potencial heredado armonizado en tal forma que sería lo que algunos llaman narcisismo trófico. Nosotros preferimos llamarlo sencilla­mente compaginación narcisística pragmática, que experimenta siempre la continuidad de ser, de una realidad psíquica subjetiva personal construi­da por esa compaginación de elementos que son en el fondo funciones yoicas. Todo esto está dado y también contiene el sentimiento de existencia. Contiene el esquema corporal personal, que es el esquema que sirve de objeto acompañante, de "fetiche", de logro en el sentido de ritual, ya que el soma, el esquema corporal nunca abandona al sujeto en su totalidad como self, ni el self produce la pérdida a través de la despersonalización, como ocurre en la estructura psicótica. Por otro lado, recordemos la construcción del objeto transicional (Winnicott).

Como dijimos anteriormente, de no darse esa triangularidad que produce la emergencia del lenguaje y que deviene sentimiento de existencia, queda conformada de ahí en adelante la fantasía sutilmente negativa y persecutoria del suicidio. Acá podríamos agregar que el suicidio es algo así como una maniobra organizada por las dinámicas mentales de sociabilidad que Winnicott llama falso self, y que tal suicidio sería una maniobra natu­ralmente negativa y patológica de salvar al verdadero self que está siendo explotado por el sujeto y sus relaciones objetales,

Para que se produzca el logro de integración, la conformación de una estructura de carácter, es necesario que el ambiente permanezca facilitante y dé lugar a la construcción triangular, porque de lo contrario, el sujeto no consigue tal logro de integración y quedará estabilizado o fijado en la estructura psicótica.

Como expreso en una metáfora que es bastante decidora, la convivencia de Narciso con Edipo y no la sustitución de uno por otro, es lo que dará la continuidad y el mantenimiento del sentimiento de existencia. También dará lugar a que lo somático muscular quede siempre supeditado en su función de agresividad a lo que es la libido psicológica como función psíquica. Por fin, todo esto es el paso transicional que, apoyado siempre por un, ambiente facilitante, dará lugar a la emergencia de dinámicas maduras como son la represión y la ansiedad como señal de alarma: la estructura neurótica.

Fusión y defusión de las pulsiones

Freud insistió en varios lugares sobre el tema de la fusión y defusión de las pulsiones, pero nuestro supuesto es que él mismo no la epilogó porque en sus antecedentes había una severa fisura narcisística. Por ejemplo, no pudo tolerar que Adler dijera que el tema de la agresividad era más importante que el de la sexualidad infantil, que Jung dijera que los símbolos son universales y que dependen de ciertas circunstancias que son los arquetipos para que el sujeto conforme símbolos propios, o que Otto Rank dijera que todas las psicopatologías estaban fundadas en el trauma del nacimiento. Estas fórmulas no pudieron ser elaboradas por Freud justamente debido a que no podía mantener supeditada la agre­sividad somática al componente libidinal psíquico. El duelo por la pérdida de Adler y Jung, luego de Rank, fue para Freud muy difícil de elaborar. Tan es así que le inspiró los trabajos más importantes que tiene: Introduc­ción al narcisismo, Duelo y melancolía e Inhibición, síntoma y angustia. Sin duda, le quedó Ferenczi, que parecía ser su discípulo dilecto y, por otro lado, la amistad con Abraham, hasta que sucedieron las cosas que con ambos sucedieron, que no necesito recordar acá.

El tema de la fusión y defusión de las pulsiones fue enfatizado por Freud en varias de sus obras. Era un tema cuya dinámica y consecuencias los psicoanalistas no se interesaban por desentrañar. Así lo dijo en La teoría de la libido, El yo y el ello, Negación, Nuevas lecciones introductorias del psicoanálisis, Por qué la guerra, Sandor Ferenczi, Hallazgos, ideas y problemas.

Puede haber una omisión involuntaria pero con esto quiero dar una idea de cuanto insistió Freud en el tema a lo largo de toda su obra. Par­tiendo del estudio, sin duda esclarecido, en su obra Historia del movimiento psicoanalítico, curiosamente es un tema al cual los psicoanalistas hoy en día prestan poca atención.

Siempre he puesto énfasis en este tema, en exposiciones, en asambleas científicas, en publicaciones, sin llegar a tener el eco suficiente como para que pase más allá de considerarse como un alarde de enciclopedismo.

Cada vez que Freud discute la fusión de las pulsiones, aun cuando no sea claro para él, lo que dice se enmarca precisamente en lo que dijimos sobre la unificación psicosomática, la emergencia del lenguaje verbal expresivo comunicante, y el sentimiento de existencia, así como el man­tenimiento del sentimiento de existencia.

Es eso lo único que marca como punto de ubicación histórica el suceso de la transformación de la estructura psicótica en estructura de carácter. Posteriormente, la utilización de la represión y de la ansiedad frente a la culpa (marcando la ansiedad la señal de alarma frente a la culpa) generará la ubicación en el nuevo sistema estructural, el de la estructura neurótica.

No será difícil, entonces, poder concebir y elaborar que en la estructura psicótica lo pulsional no está fusionado. En cuanto el sujeto produce un acercamiento libidinal, la catexis muscular puede producir simultáneamente la emergencia de un monto de destructividad por el sadismo libre, que ponga en peligro al propio objeto al cual el individuo procura convertir en vincular.

Este sería el problema clínico central de la psicosis, donde el individuo no puede sentir que ama porque inmediatamente siente que destruye; no como Fairbairn decía, que el esquizofrénico siente que destruye con su amor, sino como digo yo: el esquizofrénico siente que destruye cuando ama.

La vida no puede transcurrir sin amor, sin amar; son diferentes cons­trucciones de tipo mágico las que se crean para conseguir sentir algo libi­dinalmente positivo hacia el objeto, sin el peligro de la destrucción.

Restituciones psicóticas, restituciones caracterológicas

En la clínica podemos ver que, en la psicosis, la transferencia significa la tentativa de acercamiento y comunicación libidinal con el objeto; pro­duce en el sujeto la inmediata reacción regresiva en tanto que percibe la amenaza de la emergencia del sadismo libre y la destrucción del objeto de amor. Esta regresión es la estructura psicótica, es el componente de sustitución de la realidad objetiva por la realidad subjetiva, o sea, la decatexis ambiental, por lo tanto también la desrealización.

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