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La infancia abolida Luis Vicente Miguelez Con este nombre pretendo indicar el efecto devastador que produce en un niño el abuso sexual por parte de un adulto significativo. La vivencia de esta situación traumática en la infancia provoca tales rupturas en la continuidad psíquica del sujeto que le resultará harto dificultoso tramitarlas a lo largo de su vida. Quiero primeramente hacer algunas breves apreciaciones sobre el concepto de abuso sexual. Es necesario diferenciarlo de la violación sexual y también de lo que en el lenguaje analítico denominamos escena de seducción. La violación es una violencia traumática que pone a cielo abierto la orfandad del sujeto ante la perversidad de un otro. Es una de las modalidades de lo que denomino formas anómalas del desamparo ante el Otro; mientras que el abuso que se continúa en el tiempo es un productor de patologías que circunscribo en el territorio del desamparo del Otro. El niño abusado queda precozmente atrapado por el goce desmesurado que otro del que se espera amor, obtiene de su cuerpo y de su ser. Ese otro que es siempre alguien significativo en la vida del niño, va tejiendo la tela de araña con una sustancia que mezcla la perversión propia con la libido del niño, impidiendo que el placer-displacer que organiza el mundo infantil pueda desplegarse lúdicamente con otros compañeros de juego. La curiosidad sexual infantil, la polimorfía de su desarrollo libidinal queda atrapada en la perversión del adulto. Las situaciones de abuso sexual, pero también aquellas que sin llegar a serlo efectivamente demandan del niño un reciprocidad apasionada extrema, provocan una prematuración tal en el desarrollo de su libido que se vuelve dificultosa la constitución de espacios de juego compartidos con otros niños donde poder ir simbolizando sus propias exigencias pulsionales. Sandor Ferenczy llamó confusión de lenguas entre el adulto y el niño a la dificultad que presenta el poner a dialogar el lenguaje de la pasión con el lenguaje de la ternura. Esta dificultad pone al descubierto la naturaleza traumática de la génesis de la sexualidad humana. Sin embargo esa realidad que es condición de estructura no debe confundirse con el arrasamiento subjetivo que se lleva a cabo con la concreción del abuso. Este viene a dejar al sujeto infantil carenciado de su principal defensa frente a los excesos del Otro, me refiero a que daña profundamente su capacidad lúdica. Mediante el juego el niño va tejiendo entramados significativos, encadenamientos simbólicos que le permiten configurar una realidad compartida con otros pares. Decía Freud que el juego le permitía al niño ir situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él. En tanto pueda funcionar “el dale qué...”, el como sí, que sostiene todo juego se podrá compartir un espacio de ficción donde el deseo de cada uno no quede arrasado por una demanda abusiva. Se va constituyendo para el niño un verdadero modelado de fronteras subjetivizantes. Para dar un ejemplo conocido, el juego del carretel tiene un valor simbolizante no porque represente a la madre sino fundamentalmente porque no lo es. El carretel engendrado participa de la paradoja de no provenir ni enteramente del adentro ni del afuera. Es algo con lo que el niño puede ir haciendo frontera para no quedar ni muy desamparado del otro, ni totalmente desamparado ante el otro. Un niño pequeño que juega a asustarse con el lobo exclama “Ahí viene el lobo”, y le propone a sus amiguitos una escena de persecuciones y escondites. Se puede observar entre las risas y los gritos que profieren, una suerte de placer al borde del miedo, pero si no se convierte en pánico o en angustia paralizante es porque el juego introduce fundamentalmente un movimiento de disfraces y de máscaras que permite que lo real quede horadado por el símbolo. El niño va jugando personajes donde poder otrarse, para tomar la bella expresión de Pessoa, que hacen que ese teatro infantil funcione de tal manera que el lobo feroz no irrumpa como pesadilla en el sueño. Cuando el espacio lúdico y su función quedan heridos de muerte por el abuso sexual de un adulto, se pierde no solo la confianza en el otro sino la capacidad de recrear el mundo, de poner a jugar la fantasía en un escenario compartido. En cuanto a la escena de seducción sabemos que se trata de otra cosa. Es un fantasma inconsciente que pretende articular el deseo con el goce. Es posible que durante el tratamiento analítico pueda emerger como “recuerdo” una situación de abuso realizada por el padre o por algún sustituto paterno. Es necesario a los fines terapéuticos poder diferenciar lo que retorna de lo reprimido disfrazado de realidad acaecida, de lo que pierde su carácter de realidad por efecto de la desmentida realizada sobre el acontecer mismo. Reconocer esta diferencia es recrear el nacimiento del propio análisis, distinguir entre el fantasma y lo real, sin creer ingenuamente que todo es fantasía. Lo reprimido lleva siempre su marca de origen, una suerte de “made in” que remite al fantasma inconsciente. Por ejemplo se observa en la narración histérica una certeza respecto al hecho y una total falta de precisión en lo que concierne a detalles vivenciales, los que varían de relato en relato. En cambio en el recordar del que fue abusado efectivamente se aprecia un movimiento que va de la duda con respecto al hecho mismo a un mayor reconocimiento de los detalles intrínsecos a la situación, a medida que progresa la cura. Cuando las personas que padecieron situaciones de abuso sexual infantil acceden mucho más tarde a una ayuda psicoanalítica, es posible que el propio dispositivo del tratamiento pueda causar la reproducción de los aspectos perniciosos que constituyeron la situación traumática vivida en la infancia. Es muy probable entonces, que por detrás de una modalidad transferencial positiva queden encubiertos sentimientos y sensaciones perturbadores que se disparan con la cura. Es necesario que el analista este advertido de esto para poder intervenir a tiempo de propiciar que la repetición transferencial de lo traumático pueda dar lugar a una verdadera transformación subjetiva y no a una nueva reproducción de lo mismo. El tratamiento de estos pacientes pone al analista con toda seguridad, en la tarea de reflexionar sobre lo que significa en ese contexto terapéutico la abstinencia analítica. De su disposición a dar cabida, en el marco de la transferencia, a lo desmentido de la vivencia traumática, dependerá la marcha del tratamiento. Sabemos que la falta de confianza en sí mismo, que es característica común de estos pacientes, tiene su origen en esa desmentida que se efectuó sobre la historia misma, afectando profundamente su capacidad de percepción y la confianza en el testimonio de sus propios sentidos. Eso que aconteció verdaderamente no ocurrió y además fue por su culpa. Como en la historia del caldero agujereado que comenta Freud, las proposiciones contradictorias vienen a coexistir perfectamente reforzando el rechazo a la existencia real del hecho. Un paciente decía en los comienzos de su análisis que si bien sabía que eso había ocurrido y durante un largo tiempo de su infancia, tenía la sensación de que se trataba de un mal sueño, no lograba poseer la convicción de que se trataba de una situación real. A su vez se sentía extremadamente culposo de lo sucedido. Otro planteaba que no conseguía sentir nada al respecto, que solamente podía recordar la profunda soledad en la que se encontraba. El análisis de varios pacientes adultos abusados en su infancia me llevó a reconocer que al hecho traumático en si se halla asociado el silencio y la incomprensión de parte de los otros adultos significativos en la vida de ese niño. Un paciente comenta que al querer contarle durante su adolescencia a su madre el hecho vivido en la infancia recibió de esta un gesto que impidió todo comentario. Otro refiere que con lo que se encontró en su familia fue con un silencio de muerte respecto a la situación. Me fui enterando así que la renegación del hecho por parte de aquellos que hubiesen podido hacer algo al respecto es parte fundamental en la acción traumática del mismo. Contribuye a la indefensión del niño frente a la desmesura del goce del otro obstaculizando toda posible salida. Esta impugnación colectiva de la verdad concluye con la introyección por parte del niño de la culpa ajena, lo que transforma al hecho en un acto punible para el que lo padece. La identificación con el agresor será también el precario recurso del que se vale el psiquismo traumatizado para poder conservar a un altísimo costo, un poco de subjetividad. La pasividad que el adulto abusado de niño generalmente muestra ante situaciones vitales es acompañada por deseos de pervertir a otro, aunque se presentan más en un plano imaginario que real, son generadores de un profundo malestar. Cuando un niño no puede contar con su entorno y su capacidad lúdica se ve seriamente dañada por la invasión de lo real del trauma, el adulto que de ahí emerge, a pesar de sus facultades, permanece prisionero de la escena. Aquello de lo que no fue posible hablar constituye una herida abierta en lo simbólico que no deja anudar bien lo real a lo imaginario. Tal vez para algunos de estos sujetos sea el análisis una única oportunidad de poder tramitar el odio retenido en el cuerpo, una verdadera ocasión de lograr poner un freno a la violencia introyectada en el superyo y de cancelar por fin esa desmentida inhibidora. Si la transferencia analítica no es solo repetición de lo mismo esto se debe a la presencia real del analista. En el análisis no se trata solamente de interpretar lo inconsciente, es algo que por sabido no deja de ser necesario recordarlo. También se trata de generar las condiciones propicias para dar una nueva conclusión a las situaciones traumáticas precoces que aprisionan aún al sujeto en un goce desmesurado. Si esto ocurre el trabajo elaborativo que se produce en el transcurso de estos análisis es como un trabajo de duelo, donde al final del mismo el sujeto dispone de libido suficiente para catectizar nuevos objetos. Ahora bien, el primer requisito para que esto se pueda producir en un análisis es que se cree una situación de confiabilidad mutua. Transferencialmente lo que se juega es una desconfianza muda, una actitud de suspicacia encubierta hacia la persona del analista. A medida que el análisis va transcurriendo y se puede ir desmontando el entorno defensivo alrededor del núcleo escindido por lo traumático, recién entonces se accede al odio, y a la enorme angustia de la que se viene protegiendo el sujeto a lo largo de su vida. Por primera vez se produce el despertar de algo que había quedado sepultado: la posibilidad de manifestar ante otro el rechazo, la repulsa y el odio retenido. A medida que va cediendo la identificación con el agresor, disminuye la culpa y surge simultáneamente en el sujeto un gran monto de angustia y sensaciones corporales intensas que se ponen de manifiesto en el transcurso de las sesiones. El recuerdo de la escena traumática entonces se presenta por primera vez acompañado de movimientos de gran intensidad afectiva, opresiones y dolores corporales con sensaciones de muerte. Se va accediendo así al momento anterior a la construcción post-traumática, donde las sensaciones de desolación y desamparo vuelven al primer plano. Condición dolorosa pero necesaria para poder salir del sometimiento pasivo e hipnoide. Para concluir, quiero detenerme en lo que dije anteriormente acerca de que el trabajo con estos pacientes pone al analista a reflexionar sobre en que se asienta la abstinencia analítica. Planteo esto porque la honestidad del analista con respecto a este punto es fundamental. Se hace necesario reconocer que podemos quedar atrapados de manera rígida por el encuadre y cierta frialdad disfrazada de abstinencia no es otra cosa que conductas defensivas que pretenden evitar la intervención de nuestra subjetividad en el análisis. Este es un punto a considerar con sumo cuidado ya que si bien esto puede ser a veces altamente contraproducente, creo que en muchos casos, especialmente en aquellos en los que en su génesis prepondera una situación altamente traumática, despojar al análisis de la condición de intersubjetividad trae aparejado la reproducción del trauma. La abstinencia es ciertamente algo muy alejado de la indolencia afectiva o de la neutralidad obsesiva; eso es fácilmente aceptable. No así nuestros comportamientos impostados que niegan realidad a las percepciones de alguno de nuestros pacientes sobre nosotros mismos. Refugiándonos en la transferencia muchas veces repetimos conductas iatrogénicas por no poder sincerarnos con nosotros mismos. En el análisis se trata por supuesto de ejercitar el arte de poder dar lo que ya es del otro, de hacer lugar a la palabra sin imponer la propia, pero primordialmente de empezar por no recrear la hipocresía que rige buena parte de los lazos humanos. lmiguelez@fibertel.com.ar
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