|
|
Mesa redonda El
lugar del psicoanalista en el hospital Luis Vicente Miguelez Me es muy grato estar acá en la AEAPG, quiero agradecer la invitación que me hizo llegar la comisión científica de la escuela, particularmente a Alicia Levin, a Alicia Hasson y a Norberto Lloves. Además
les agradezco especialmente ya que al ponerme a pensar sobre lo que iba a
decirles, evoqué mi experiencia como concurrente en el hospital Piñero de la
que tengo muy buenos recuerdos. Quiero confesarles que esa evocación también
me llevó a darme cuenta y eso no me hizo tanta gracia, que esa experiencia
ocurrió hace casi 30 años. Ese
transito por la práctica hospitalaria dejó en mi una marca perdurable. Hoy
quisiera transmitirles algo de lo que significó en mi formación y pienso que
en la de muchos colegas esa experiencia, y reflexionar con ustedes sobre algunas
cuestiones que importan al quehacer del analista, a su formación y la concepción
de la cura que deriva de la misma. Mi
ingreso al hospital ocurrió en plena dictadura. Soy consciente que el hospital
fue en parte mi exilio interior. Como la mayoría venía de una práctica
militante y la noche que nos fue cayendo encima fue como todos sabemos una
pesadilla. Tuve la suerte de que coincidiéramos un grupo de gente joven con
muchas ganas de trabajar en la clínica y de poner
a prueba un psicoanálisis con el que estábamos fuertemente
identificados. Constituíamos la segunda generación de lo que se dio en llamar
el psicoanálisis lacaniano. Esto es importante decirlo porque implicaba cierto
desafío en torno a la práctica en un ámbito hospitalario. Esto lo quiero señalar
porque habrá en este marco un episodio que me planteó cierta inquietud. Como
les dije éramos un grupo de jóvenes que tuvimos el desafío de fundar en el
servicio el equipo de adolescencia. Nosotros mismos no estábamos demasiado
lejos de la adolescencia. Agradezco a la Dra. Ana Giller que nos haya dado la
libertad suficiente y que haya tenido confianza en nosotros. Para ese desafío
contamos también con la ayuda de un gran número de analistas con los que nos
estábamos formando, con los que realizábamos nuestros análisis y con nuestra
propia inmadurez. Sucedió
una vez que entre aquellos que concurrían invitados a dar supervisiones o
charlas, uno de ellos al que profesaba un respeto teórico, dijo tal vez cansado
de las preguntas sobre las dificultades que se nos planteaban en la asistencia
hospitalaria, el no pago, las transferencias cruzadas con la institución,
intervenciones de jueces de menores, exigencias de cierta normativización de la
atención, etc, que lo mejor que le
podía suceder a un analista en el hospital era que lo echen. Pensé, vaya
manera de retorcer la frase de
Lacan de que renuncie quien no sea capaz de incluir en su horizonte la
subjetividad de la época. No
obstante introdujo en mí cierta inquietud sobre nuestro quehacer, sobre qué
podía significar permanecer sin que lo echen en el ámbito hospitalario. O era
necesario para dar cuenta de la pureza del análisis lograr ser despedido. Eso
era evidentemente una paradoja porque cómo podían despedir a uno que ni
siquiera habían tomado. Nuestra concurrencia por aquellos tiempos no tenía
ninguna legalidad, éramos apenas pasantes. Por
supuesto que no me hice echar, tampoco ninguno de mis compañeros. Esa
intervención desafortunada produjo en mi ganas de poner a trabajar, a pensar
sobre que significaba decir que uno hacía psicoanálisis en el hospital. Algo
que por suerte sigo aún pensando y ya no solo en relación al
hospital. Entre
las preguntas que me envió Alicia con el título de orientadoras, y que
efectivamente lo son, encontré una que me impactó doblemente, en primer lugar
porque es un tema que siempre me ha interesado y que nos formulamos ya desde
entonces, desde esas primeras experiencias como analistas en un hospital. En
segundo lugar porque leí algo distinto a lo que estaba escrito, y en el tiempo
en que tardé en reconocer mi
fallido, pensé que manera intensa y resuelta de plantear la cuestión. Había
leído “Cómo pensar el concepto de transferencia en la trampa
hospitalaria”. Por su puesto decía en la trama hospitalaria. De
modo que me decidí abordar la cuestión a partir de este punto. Para
no caer en la trampa de hacerme echar voy a plantear de entrada una afirmación
que tiene valor propiciatorio. La transferencia analítica es posible en el
hospital. Si
esto puede ser así es en tanto no quedemos apresados por la demanda de curar a
toda costa y siempre y cuando podamos crear un espacio donde se pueda hacer
lugar a la pregunta por el deseo. Sabemos
que esa pregunta es algo totalmente insólita en la práctica médico
hospitalaria. Por lo tanto considero que ese espacio hay que construirlo. La
pregunta que vale la pena hacerse es con qué materiales y de qué manera
construimos ese espacio. Primeramente
quiero decirles que pienso que esa construcción no es algo individual, sino
colectivo. Es fundamental la creación de verdaderos equipos de trabajo donde
haya intercambios de experiencias, de sensaciones, de ideas; a veces sucede que
en el ámbito hospitalario un equipo de psicopatología se constituye en una
verdadera usina de ideas que afecta e interesa al conjunto de la institución.
Eso ocurre cuando en el diálogo convergen tanto el entendimiento mutuo como las
diferencias. El trabajo en equipo va constituyendo un modo de estar con el otro
sostenido por cierta mutualidad, tal vez algo parecido a lo que se refería
Sandor Ferenczy respecto a la transferencia; hoy podemos nombrarla como una
transferencia de trabajo, donde el lugar del analista no queda enquistado en uno
o en algunos pocos sino que circula, dando más lugar y valor a la posición
analizante. Este
es el clima, el espíritu, la base necesaria para crear un ambiente propicio a
la instalación de la transferencia analítica. Lo
que quiero señalar es que el lugar del analista en el hospital está sostenido
por gente que no se deja colonizar por un tipo de saber médico sobre el otro,
por un pensar a los otros sólo en términos de enfermedad-salud, de cuerpos a
ser intervenidos. Para poder hacer lugar a lo erógeno del cuerpo, al deseo, a
la pulsión y al síntoma en términos analíticos, es necesario que nos podamos
sustraer de cierto goce hospitalario que hace del otro un objeto neutro. Pienso,
entonces, que el hospital es para el analista en formación la primera
experiencia real de poner en funcionamiento una intersubjetividad terapéutica. Se
aprende a reconocer no sólo lo que se repite en la transferencia sino que
empieza a vislumbrar lo que hay de nuevo en esta. Luego, con el correr de los años,
volviendo sobre esa experiencia inaugural, reconoceremos allí que fuimos tal
vez para algunos pacientes la oportunidad tal vez única, de poder llevar a término,
de reencausar y llevar a algún puerto, experiencias vitales que han quedado
boyando, truncas. Una verdadera ocasión de dar alguna nueva conclusión a
situaciones altamente traumáticas o
de poder elaborar por fin, una pérdida que por muy temprana, no permitió un
trabajo de duelo adecuado. Continuar
por ejemplo en el marco transferencial un diálogo con el padre muerto no es
solamente ni principalmente una experiencia imaginaria, la presencia real del
analista le confiere otra dimensión inédita. Es esta presencia la que hace de
la transferencia analítica no solamente repetición sino un empezar de nuevo.
Volviendo a citar a Ferenczy diría que es una segunda oportunidad. Es
en el marco de la práctica hospitalaria donde de manera aventajada se dan los
primeros pasos de lo que llamo la disposición para la transferencia. Y esta es
verdaderamente una adquisición autobiográfica más que un conocimiento técnico.
Reconozco en esa disposición lo que podemos denominar el don del analista, esto
es tal como lo presentó Winnicott moverse en la paradoja de dar aquello justo
ahí donde puede ser creado por el otro. Borges lo dijo poéticamente, sólo
podemos dar lo que ya es del otro. Pienso que en eso consiste toda buena
psicoterapia. Quisiera
ahora leerles un fragmento de un libro que acabo de terminar y que es de
aquellos que disfrutamos tanto que duele cuando concluyen. El libro lleva por título
Aquí nos vemos. En inglés se titula Here is where we meet, cuya traducción
literal a mi gusto hubiera resultado más ventajosa. El autor es John Berger y
en el capítulo en el que se encuentra el párrafo que voy a leer, cuenta su
encuentro en Lisboa con su madre muerta hace quince años. Pero
tú no estás realmente aquí, ¿no? ¡Pero
mira que puedes llegar a ser tonto! Nosotros estamos todos aquí. Igual que tú
y los vivos estáis aquí. Vosotros y nosotros estamos aquí para arreglar algo
de lo que se rompió. La
sonrisa seguía en sus labios ¿Por
qué sonríes? Esperamos
sólo lo que tiene alguna posibilidad de alcanzarse. Reparemos algunas cosas. Un
poco es mucho. Una cosa reparada Puede
cambiar otras mil ¡Y? Ese
perro de ahí abajo está atado con una cadena demasiado corta. Cámbiala, ponle
una más larga. Entonces podrá alcanzar la sombra y se echará y dejará de
ladrar. Y el silencio le recordará a la madre de la casa que quería tener un
canario en una jaula en la cocina. Y cuando el canario cante, planchará más. Y
cuando se ponga la camisa planchada para ir a trabajar, al padre le dolerán
menos los hombros. Así que cuando vuelva a casa bromeará, como solía hacerlo,
con la hija adolescente. Y la hija cambiará de opinión y decidirá, por una
vez, llevar a su novio a casa a cenar. Y otra vez que vaya, el padre le propondrá
al joven ir a pescar juntos... ¿Quién sabe lo que puede pasar?. Sencillamente
cambia la cadena. Quizá
esto ilustre mejor que nada lo que puede aportar un analista en un hospital. En
tanto de ese algo pequeño que haga aprenda a no esperarlo todo, se encontrará
con que ese algo que se hace es solo un deseo. lmiguelez@fibertel.com.ar |