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La problematización del origen. Acerca del postulado de primera experiencia de satisfacción en Freud. Breve resumen 12 de mayo de 2004 Luis Vicente Miguelez |
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Comencemos por el término alemán Befriedigungserlebnis. Cuestiones de traducción. Ballesteros traduce “experiencia de satisfacción”, Echeverri “vivencia de satisfacción”. Si damos crédito al aforismo, tradutore traditore, la mejor es decidir según nuestra propia experiencia. Decida cada uno su mejor opción. Por mi parte voy a elegir “experiencia de satisfacción”, lo hago por el siguiente motivo, tomo en consideración también el libro de Agamben Infancia e historia, pienso que al decir experiencia no estoy obligado a suponer un sujeto que la antecede, sino que consigo pensar que un sujeto puede emerger de ella, en tanto se produzca una apropiación de la misma. Vivencia me lleva a suponer más una interioridad psicológica que preexiste al acontecimiento y que además lo denota. Consideremos entonces a la experiencia de satisfacción tal como la formula Freud, en relación a la constitución del aparato psíquico. Hay tres lugares donde desarrolla este enunciado, en el Proyecto, en La interpretación de los sueños, y en Más allá del principio del placer. En La interpretación de los sueños, en el capítulo VII, plantea lo siguiente:
El niño hambriento grita y patalea, pero esto no modifica en nada su situación, pues la excitación emanada de la necesidad no corresponde a una energía de efecto momentáneo, sino a una energía de efecto continuado. La situación continuará siendo la misma hasta que por un medio cualquiera -en el caso del niño, por un auxilio ajeno- se llega al conocimiento de la experiencia de satisfacción, que suprime la excitación interior. La aparición de cierta percepción (el alimento en este caso), cuya imagen mnémica queda asociada a partir de este momento con la huella mnémica de la excitación emanada de la necesidad, constituye un componente esencial de esta experiencia.
En cuanto la necesidad resurja, surgirá también, merced a la relación establecida, un impulso psíquico que cargará de nuevo la imagen mnémica de dicha percepción y provocará nuevamente esta última, esto es, que tenderá a reconstituir la situación de la primera satisfacción. Tal impulso es lo que calificamos de deseos. La reaparición de la percepción es la realización del deseo, y la carga psíquica completa de la percepción, por la excitación emanada de la necesidad, es el camino más corto para llegar a dicha realización. Nada hay que nos impida aceptar un estado primitivo del aparato psíquico en el que este camino quede recorrido de tal manera que el deseo termine en una alucinación. Esta primera actividad psíquica tiende, por tanto, a una identidad de percepción, o sea a la repetición de aquella percepción que se halla enlazada con la satisfacción de la necesidad.(el subrayado es mío).
Tenemos por consiguiente una experiencia de satisfacción ( constituida por la imagen mnémica de la percepción de lo que viene a cancelar la excitación asociada a la huella mnémica de esa excitación) en el origen a la que se tenderá a reconstruir cada vez que surja la necesidad. Vemos que se trata de volver al punto de origen donde se produjo la experiencia satisfactoria. Toda próxima vez conlleva un movimiento de retroacción, de vuelta a lo anterior, a lo primero. Tendencia a la repetición del establecimiento de la primera satisfacción, a lo que Freud llama identidad de percepción. Sigamos viendo lo que plantea Freud
Una amarga experiencia de la vida ha debido de modificar esta actividad mental primitiva, convirtiéndola en una actividad mental secundaria más adecuada al fin. El establecimiento de la identidad de percepción, por el breve camino regresivo en el interior del aparato, no tiene en otro lugar la consecuencia que aparece enlazada desde el exterior con la carga de la misma percepción. La satisfacción no se verifica y la necesidad perdura. Para hacer equivalente la carga interior a la exterior tendría que ser conservada ésta constantemente, como sucede en las psicosis alucinatorias y en las fantasías de hambre, fenómenos que agotan su función psíquica en la conservación del objeto deseado.
Para alcanzar un aprovechamiento más adecuado de la energía psíquica será necesario detener la regresión, de manera que no vaya más allá de la huella mnémica y pueda buscar, partiendo de ella, otros caminos que la conduzcan al establecimiento de la identidad deseada en el mundo exterior. Esta coerción y la derivación consiguiente de la excitación constituyen la labor de un segundo sistema, que domina la motilidad voluntaria; esto es, un sistema en cuya función se agrega ahora el empleo de la motilidad para fines antes recordados. Pero toda la complicada actividad mental que se desarrolla desde la huella mnémica hasta la creación de la identidad de percepción por el mundo exterior no representa sino un rodeo que la experiencia ha demostrado necesario para llegar a la realización de deseos. El acto de pensar no es otra cosa que la sustitución del deseo alucinatorio. Resulta, pues, perfectamente lógico que el sueño sea una realización de deseos, dado que sólo un deseo puede incitar al trabajo a nuestro aparato anímico.(el subrayado es mío).
Tenemos entonces que se trata de investir de nuevo la imagen mnémica de aquella percepción asociada a la huella psíquica dejada por la excitación. A esta búsqueda de reestablecer la experiencia de la satisfacción primera, mediante el movimiento regresivo, Freud la denomina deseo. La reaparición de la percepción es el cumplimiento del deseo. El desear terminaría en el alucinar, en tanto se alcance la identidad de percepción. Freud presenta entonces, su concepción del aparato psíquico, su funcionamiento y desarrollo deviene como consecuencia de que el proceso de regresión se detiene y no llega a cargar completamente la primera experiencia de satisfacción. La identidad de percepción no sobreviene produciéndose entonces una búsqueda de lo satisfaciente en el exterior. ¿Cómo es que se produce la detención del movimiento regrediente?. Debido a que una amarga experiencia vital tiene lugar, esto es, que la satisfacción no acaece , la necesidad perdura. No quiero abundar en este punto que está perfectamente explicado por Freud, me interesaba recordarlo para poder referirme a lo que se plantea con respecto al origen del psiquismo, del deseo y del funcionamiento mental. Evidentemente Freud asocia, la satisfacción, el deseo y el pensar en un mismo acto que es inaugural de la vida psíquica. Podemos coincidir que la cuestión del origen en el tratamiento que de ello hace estaría determinada por lo que denominamos un retorno al origen, un regreso al punto de partida. Es necesario sin embargo agregar que este movimiento de retorno no alcanzará al punto de origen mismo, que este punto de partida quedará entonces como inalcanzable, como acicate para el impulso deseante. Es decir tenemos un origen que se presenta como perdido o como mítico según se quiera leer. La satisfacción primera se constituye como perdida y se producen satisfacciones sustitutas mediante el rodeo que se obliga a darse el deseo. Habría entonces una primera experiencia a la que se pretende retornar siempre y otras que la sustituyen pero que no alcanzan a igualarla, la identidad primera queda perdida, o mejor dicho escindida para siempre. Esta es una lectura posible, sostenida en la letra freudiana. Tal vez podamos aportar otras.
Quiero plantearles una cuestión que me parece de suma importancia, y que está muy próxima a lo que venimos tratando sobre el origen. Para Freud, recordemos, se trata de pensar que en el origen del psiquismo se produce una amarga experiencia vital, la de la decepción. Es necesario constituir el origen como la reunión de dos movimientos el del retorno y el del fracaso de retornar al punto de partida, la imposibilidad de la restitución de la satisfacción primera mediante el camino regresivo. Por lo tanto el origen mismo sería el fracaso del retorno. El impedimento funciona como causa de lo que determina el movimiento contrario, o sea el camino progresivo y su vuelta al exterior, a la búsqueda de la satisfacción afuera. Podemos decir que hay un origen mítico y perdido, una nostalgia de lo anterior, de lo primero, y una apuesta fuerte a la sustitución, como cura de la herida, de la pérdida de satisfacción primera. No deja de remitirnos por lo tanto a cierta lógica del duelo como constitutiva del aparato. En Winnicott la cuestión se presenta distinta. Resumiendo lo que estuvimos trabajando en años anteriores. Tomemos la paradoja fundamental en el pensamiento de W: El infante crea el pecho ahí donde le es dado y su consecuencia inmediata que formula de la siguiente manera: nunca se deberá preguntar si eso lo creó o le fue dado. Se produce un fenómeno que Winnicott denomina transicional y un espacio de frontera donde se constituyen lo objetos. En esta experiencia primordial, lo que interesa es, por un lado, que se sostenga siempre la paradoja que es fundante del encuentro. Por otro que el objeto satisfaciente se constituya en un espacio que no es ni de adentro ni de afuera y lo más importante que en el origen no habría una separación tan tajante como en el planteo de Freud entre alucinación y pensamiento. Se plantea un orden de coincidencia entre lo alucinado y lo dado, sin poder verdaderamente distinguir uno de lo otro. La paradoja está en que lo alucinado y lo dado por el otro coinciden. La realidad exterior se constituye sobre lo alucinado y el don del otro. Habría tal vez una idea del buen encuentro, de la posibilidad de constituir una fuente de satisfacción que no provenga enteramente ni de uno ni de otro. Para Winnicott el afuera es fundamentalmente don en tanto posibilite la constitución de la paradoja, que transforma el impulso de la necesidad en posibilidad creativa, en espacio transicional fuente de placer que perdura como inagotable a lo largo de la vida. De ahí surge lo placentero que es asociado a lo creado. No hay en juego una lógica de la sustitución, ni de la vuelta a una primera satisfacción perdida. No necesita plantear de entrada una lógica de la decepción, pareciera situarse más en una necesidad del don, entendido como la posibilidad de que lo alucinado por el bebé conjuntamente con lo donado por la madre configuren un acontecimiento creador de objeto y de placer. En relación a esto es que W. distingue una alucinación psicótica de una llamada normal, y pone en el origen de la enfermedad la desalucinación. La desalucinación sería el fracaso rotundo del don, un goce mortífero del otro vendría a impedir la constitución del espacio de donde surge lo placentero, por lo tanto se produciría un escotoma en la realidad que viene a ser llenado con una alucinación. Intento desesperado al fin de llenar el agujero que se produce en la realidad. En la teoría de W. el origen aparece marcado fundamentalmente por el don y la posibilidad del buen encuentro más que por la decepción, la desilusión. El punto de partida se constituye en un entre, en una experiencia que no es posible situar ni adentro ni afuera. Toda su teoría del juego y me atrevo a decir que su concepción del análisis se sostiene en la posibilidad de este buen encuentro.
Volviendo a la conformación de la experiencia de satisfacción en Freud, propongo ahora trabajar este párrafo de Más allá del principio del placer. (capítulo V)
El instinto reprimido no cesa nunca de aspirar a su total satisfacción, que consistiría en la repetición de un satisfactorio suceso primario. Todas las formaciones sustitutivas o reactivas, y las sublimaciones, son insuficientes para hacer cesar su permanente tensión. De la diferencia entre el placer de satisfacción hallado y el exigido surge el factor impulsor, que no permite la detención en ninguna de las situaciones presentes, sino qué, como dijo el poeta, «tiende, indomado, siempre hacia adelante» (Fausto, I). El camino hacia atrás, hacia la total satisfacción, es siempre desplazado por las resistencias que mantienen la represión, y de este modo no queda otro remedio sino avanzar en la dirección evolutiva que permanece libre, aunque sin esperanza de dar fin al proceso y poder alcanzar la meta
En toda experiencia de satisfacción se inscribe la diferencia entre el placer hallado y el pretendido, por lo tanto podemos leer a esta como de satisfacción-insatisfacción. No necesitaríamos referirla a una supuesta primera experiencia lograda y perdida para siempre, sino que cada una establece una diferencia en sí misma que impulsa al deseo. En tal caso la experiencia no remitiría tanto al pasado sino a su insuficiencia. Es por lo tanto creadora de futuro, más que rememoración nostálgica de un pasado perdido. La pregunta que se impone a esta lectura es la de donde provendría el placer pretendido. Sería una exigencia del aparato (¿ubicamos allí un superyo arcaico?). Lo que verdaderamente importa destacar es que la experiencia inscribe diferencia en sí misma. La diferencia es inmanente a la experiencia y no surge de la relación con otra experiencia anterior. Esto posibilita una conceptualización del origen distinta, ya que este comienza por cualquier parte, no sería necesario un pensar del retorno hacia un origen perdido, mítico.
Luis Vicente Miguelez
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